Estos últimos meses, mucho ha sucedido en el deporte mundial. Acontecimientos dentro y fuera de la cancha que no pueden pasar desapercibidos. Diversos escenarios, dignos del más profundo análisis.

Esta historia comienza el 28 de julio de 2021, con la gimnasta olímpica Simone Biles. La joven norteamericana había llegado a Tokio 2020 como una de las favoritas para convertirse en la preferida de los JJ. OO. Ese día, Biles informó su retiro de diversas pruebas, en las que podía asegurarse algunas medallas doradas, alegando que debía priorizar su salud mental, porque ese es un patrimonio que se lo debe proteger, centrándose en lo que su mente siente y no en lo que la gente desea que haga.

La inesperada decisión de la deportista, aunque fue respetada, no se llegaba a entender lo suficiente. Periodistas, a modo de cuestionamiento inquisitorio, dejaron flotar en el ambiente la premisa aquella que sostiene que los deportistas consagrados de élite llegan a ese estado de excelencia porque han llegado a equilibrar tres factores vinculantes: el físico, el técnico y el mental. Desde la teoría, era inexplicable, pero, aterrizando en la práctica, el problema del diagnóstico en la psicología del deportista es capaz de pasar factura hasta a los hechos a fuego y sangre.

El sorpresivo anuncio de la gimnasta americana vino acompañado de una confusa y controvertida declaración del tenista serbio Novak Djokovic, quien también asistía a esos Juegos ilusionado con conseguir la medalla dorada en su carrera. Podía ser en el año más importante de su vida. Ganar el Golden Slam. Obtener la medalla olímpica y el Abierto de Estados Unidos y convertirse así en el primer jugador en la historia en llegar a 21 títulos del Grand Slam, superando los 20 logrados también tanto por el español Rafael Nadal como por el suizo Roger Federer. Asimismo, le representaba igualar el éxito conseguido en 1962 y 1969 por el australiano Rod Laver, quien ganó los cuatro torneos grandes; y emular a Steffi Graf, quien había ganado los cuatro certámenes y además la medalla de oro olímpica en Seúl 1988.

Con tal expectativa, Djokovic llegó como máximo favorito a Tokio. Ese mismo 28 de julio también se generó discusión cuando un periodista de Reuters, Sudipto Ganguly, le preguntó: “¿Ha oído lo de la gimnasta Simone Biles?”. El tenista serbio, sin profundizar demasiado en el contenido de la pregunta y mucho menos en la respuesta, dio rienda suelta a su instinto y contestó: “La presión es un privilegio. Si el objetivo es estar en la cima, mejor es que aprendas a lidiar con la presión; si no, no lo mereces”. Estas declaraciones cayeron como una bomba, por la onda expansiva del contexto.

Fue tal el estruendo en la opinión pública que algunos medios periodísticos, tratando de mitigar el efecto, rectificaron los titulares. La revista L’Équipe, en su medio digital, aclaró que la declaración de Djokovic no era con referencia a Biles. Sin embargo, hubo periodistas que mantuvieron el concepto de que dichas expresiones fueron burlescas, irrespetuosas, propias de los exabruptos del serbio. Los días pasaron y el propio Djokovic cayó en las redes de sus dichos, cuando, siendo eliminado en el torneo individual de Tokio, no solo que histriónicamente rompió sus raquetas, sino que, además, lo completó con un desplante al negarse a participar en la modalidad de dobles mixto, dejando con las raquetas listas a su compañera Nina Stojanovic, con quien tenía que disputar el partido por la medalla de bronce. Cuando compareció ante la prensa, antes de retirarse sin una medalla por tercera vez consecutiva en los Juegos Olímpicos, solo dijo que se sentía exhausto física y mentalmente, y que lo único que podía hacer era tomar algunas lecciones del pasado para seguir adelante, y que tenía todavía un reto importante, que era ganar el Abierto de EE. UU.

Presión, ¿un privilegio?

Estoy convencido de que al serbio —experto en confundirnos, porque da la impresión de que internamente no se inmuta durante los partidos con resultados adversos, aunque demuestre por fuera que es un volcán en ebullición— aquella ansiedad por conseguir la gloria imborrable en el tiempo lo ha desnudado tal cual es: un héroe que no se cansa, a cualquier precio, de buscar epopeyas dignas del culto terrenal para separarse o distinguirse del sacro. Esa interesante tarea lo ha hecho cometer errores propios de los mediocres terrenales. Sucedió cuando, en un acto muy criticado en el Abierto de Nueva York de 2020, fue sancionado con la eliminación del torneo debido a la penosa agresión a una jueza de línea, considerada por la organización del evento como un acto imprudente, negligente. La sanción oficial determinó que existió una agresión imprudente culposa no intencional, pero dañosa. Tras este evento, hubo expertos que declararon que lo realizado por el serbio es parte del drama de la vida, transferido al deporte, y que ahí se transforma en un microcosmo de la vida.

La burbuja psicológica le volvió a explotar en la cara a Djokovic en su última presentación. Fue en el reciente Abierto de EE. UU., donde perdió en la final el partido más importante de su carrera. Sucumbió ante la presión al caer ante el ruso Daniil Medvedev en tres sets: 6-4, 6-4, 6-4.

Entre llantos y el habitual desquite con su raqueta ocultó su rostro con la toalla para que el mundo no se diera cuenta de que estaba pagando factura a todo lo dicho en Tokio. “La presión es un privilegio”. Con el nivel ofrecido, muy distante de lo conocido, demostró que no fue capaz de sostener el criterio repetido por él de que por su experticia suele manejar la presión.

Es tal el respeto que le tiene el periodismo al serbio, que en la rueda de prensa a nadie se le ocurrió llevarlo a comentar sobre esa declaración tan cuestionada de Tokio. No hubo necesidad. Nole, con propia iniciativa, lo hizo saber cuando declaró: “Un solo cuerpo, demasiadas emociones, difícil de enumerarlas y peor explicarlas. Emociones, muchas de ellas contradictorias”. Luego de asimilar la derrota, declaró: “Siento alivio y me alegro de que esto termine, porque la preparación mental y emocional que enfrenté durante todo el torneo en estas semanas fue mucha, emocionalmente, demasiada para manejarla”.

Al serbio se lo sintió mal herido, pero no muerto. Volvió a sentirse terrenal. Si consigue transformar esa energía frustrante en catalizador de estímulos mentales, entonces tendremos a Djokovic listo para seguir dando batallas y rompiendo récords. Es una muestra más de que los magníficos no solo dejan historias inéditas deportivas, sino que confirman que ellos también dejan lecciones imperecederas y didácticas, como reconocer que todavía no ha nacido el ser humano que pueda calificar a la presión como un privilegio de los escogidos. Todo lo contrario, es una sensación psíquica infinita que oprime los deseos y que es capaz de postergar privilegios, y que está vigente desde el más encopetado hasta en el más humilde servidor.

Así como hay gente que no cree que un nadador transpira y se deshidrata en una piscina, también deben entender que en el tenis no se gana por la habilidad o la potencia con que utilices la raqueta, sino por cuánto puedas controlar la presión. Esto nos lo dejó claro Djokovic. (O)