Este es uno de los tantos prejuicios que ha instalado en las mentes, poco dadas a la reflexión y el análisis, esa peligrosa banda de algunos “periodistas” deportivos imberbes que se ha apoderado de casi todos los micrófonos y las pantallas, mientras los panelistas inteligentes y experimentados luchan durante el programa para inducirlos a una tarea que les es funcionalmente imposible: pensar.

“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza”, dice la introducción de un libro que se hizo célebre: Historia de la estupidez humana. Su autor es el escritor húngaro Paul Tabori, ya fallecido.

Resulta penoso describir así a un grupo de “periodistas modernos” que se oponen a lo que ellos llaman “vieja guardia”. La mayoría de los que integramos esta “guardia” provenimos del deporte activo y nos formamos en el ejemplo de periodistas de alta escuela. Basta citar a Francisco Rodríguez Garzón, Miguel Roque Salcedo, Manuel Palacios Offner, Jorge Delgado Guzmán, Rafael Guerrero Valenzuela, Ralph del Campo Cornwall, Luis Hungría Guerrero, por citar un puñado de nombres. Nuestra discrepancia permanente con estos “periodistas” de súbita aparición es ideológica. Nosotros concebimos el deporte, en cuyas filas nos formamos, como una escuela de salud física y cívica.

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Creemos que en la práctica deportiva debe primar el juego limpio y la deportividad. Adoptamos desde siempre aquella frase de Pierre de Coubertin que es nuestro estandarte y guía: “Lo importante en la vida no es el triunfo, sino el combate; lo esencial no es haber vencido, sino haber luchado bien. Extender estas ideas es preparar una humanidad más valiente, más fuerte y, por tanto, más escrupulosa y más abnegada”. Nuestros contradictores nos califican de “ilusos”, “soñadores”, “nostálgicos” y “líricos”, cuatro adjetivos que, en su limitado léxico, tienen connotaciones insultantes.

Para ellos, más que la frase del barón de Coubertin, a quien alguno de ellos dijo una vez que era “inocente y fantasioso”, su bandera es la prédica del escritor y político italiano Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Hay que ganar de cualquier manera, y para ello vale el dopaje, la burla a las reglas, la violencia, la contaminación de un bidón con una pastilla hipnótica que se ofrece a un rival en gesto hipócrita y perverso, el soborno y el aseguramiento de resultados (un “pacto de no agresión” de 90 minutos, en un partido en Quito, por la Liga Pro 2020. Uno quería ser finalista y el otro ir a la Libertadores), la corrupción arbitral. Ya saben ustedes por qué somos tan distintos.

Todo esto es una conducta tóxica que deforma el espíritu de los niños y jóvenes deportistas. Es una plaga que ojalá un día, cuando haya un auténtico Ministerio del Deporte (hasta hoy no existe uno), pueda ser frenada, sin que se interprete como un ataque a la libertad de expresión.

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Una de las mentiras más difundidas por estas catarnicas tacticistas y estratégicas es que los futbolistas de antes no corrían: caminaban en el césped. Durante los 90 minutos, cuando el balón se encuentra en zonas lejanas, algunos jugadores se detienen o caminan. Después se activa el switch cuando el balón se aproxima y ese hombre quieto se torna un rayo. Eso ocurrió antes y pasa hoy. No sé si conté ya la anécdota vivida con un lector de la muy popular página de Facebook Caminando con Dagoberto, manejada por Dagoberto Rodríguez Oleas, exfutbolista y prestigioso periodista milagreño. Un mensaje se refería al nunca olvidado equipo de Unión Deportiva Valdez, bicampeón de la Asociación de Fútbol del Guayas (1953-1954).

Yo me prendí enseguida y escribí acerca de esa oncena a la que seguí en toda su campaña de 1952 a 1958, en que desapareció. Pero nunca falta un burro entre la maleza, cuando uno cruza a campo traviesa, como decía el legendario Charles Serrado, columna defensiva de Valdez. El tal lector dijo que no le interesaba ese equipo porque en aquel tiempo los futbolistas caminaban. He allí el daño conceptual inoculado como veneno de víbora por la banda de los obtusos.

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El fútbol del tiempo actual tiene otra velocidad porque el ingrediente principal en la mente del futbolista es su obligación de correr. No importa que no pueda parar un balón con el pecho, la rodilla o el empeine; que le pegue al esférico con los talones; que no pueda empujar el artefacto a la red y lo envíe al reino de san Pedro. “Pero corrió 14 kilómetros”, dirán los que confunden el atletismo con el fútbol.

No es cierto que los futbolistas de hoy sean más veloces que los de algún ayer lejano o cercano. Rápidos, hábiles, pícaros, vivaces o remolones los hubo siempre. Bien vale citar algunos nombres. Cuando el fútbol guayaquileño empezó a popularizarse (1908-1912), en Asociación de Empleados y luego en el Club Sport Guayaquil, alineaba como puntero derecho un jugador que había sido campeón de 100 metros planos en Kent (Inglaterra), con una marca de 11 segundos, 2 décimas. Se llamaba Manuel Seminario Sáenz de Tejada, quien se convertiría luego en el dirigente más importante de la historia de nuestro deporte.

A inicios de la década de los años 20, en el Sporting Packard, de Guayaquil, brillaba otro alero derecho que picaba por la raya como una exhalación: Carlos Chileno Vélez. Poco después surgió en Oriente un jovencito manabita capaz de vencer a los mejores atletas en distancias cortas: Elí Barreiro, a quien apodaron Jojó por la interjección con que se arreaba el ganado. “Me lo pusieron por montuvio manabita”, me contó una mañana en la LDE. Galgos que además jugaban con gran calidad en la banda diestra del ataque fueron Ernesto Cuchucho Cevallos, quien jugó en Independiente Rivadavia de Mendoza (Argentina), Motoristas de Cali (Colombia) y Atlético Corrales (Paraguay), y Nicolás Gato Álvarez, del General Córdoba y el Panamá SC.

A los que les niegan sus virtudes, hoy les pasarían dejando una nube de polvo en sus narices verdaderos aviones, como Víctor Arteaga, al que apodaron Venado, o Marcos Spencer, el famoso Colectivo de la 7, ambos seleccionados nacionales. Como ellos, o como los veloces Nelson Aurea, el Platillo Volador, y Pedro Camberra Gando, campeón con Everest y Millonarios de Bogotá, no ha habido ni hay iguales.

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Como en los desafíos de barrio, cuando llegaba un equipo adversario y nos decían “Saquen seis”, yo desafío a los “sabios tacticistas”, enemigos de la belleza: ¡saquen seis aviones supersónicos, como los que yo vi en el Capwell y en Modelo! He aquí los míos: Alberto Spencer Herrera, Enrique Raymondi Contreras, Marcos Spencer Herrera, Pedro Gando Sáenz, Nelson Aurea y Víctor Arteaga Williams. Y veamos quien gana: si los que “caminaban” o los que hoy corren con los ojos cerrados y no saben para qué o hacia dónde. (O)