“Bernabé pateaba como un burro”, relataba mi padre con emoción. Hablaba del astro de River de los años 30, Bernabé Ferreyra. “Un día desmayé a un rival de un pelotazo -nos contó Pepe, el célebre puntero del trinomio del Santos: Coutinho, Pelé y Pepe-. Nos dieron un tiro libre y cobré la falta. La pelota le dio de lleno en la nariz a Alfredo Ramos, famoso jugador del Sao Paulo que estaba en la barrera, y lo desmayó. Estuvo 20 minutos inconsciente. Me midieron el disparo y la pelota iba a 122 kilómetros por hora, el de Roberto Carlos dio 109”. Pepe (446 goles) era apodado el Cañón da Vila (Vila Belmiro). Roberto Rivelino, también brasileño y punta izquierdo, era otro bombardero notable. Los cronistas lo bautizaron la Patada Atómica; todo dicho. Y otro más con las mismas características de ambos, Eder, quien tenía una escopeta en la zurda.

“Cuando al Cali le daban un tiro libre, la hinchada empezaba a gritar gol, porque el ejecutante era el Mortero Aravena”, dice Jaime, amigo colombiano. “Con nosotros era al revés, iba a rematar y se producía el silencio que genera la expectativa, la gente palpitaba el gol. Estuvo un año aquí y marcó 18 veces. Nunca vi a nadie pegarle tan fuerte, una bestia”, recuerda con admiración y cariño Ramón Martínez, ex director deportivo del Valladolid, quien fue a Chile a contratarlo.

Los últimos dos goles de Messi, dos misilazos terribles al ángulo, uno al PSG, otro al Huesca, reavivaron el debate y la evocación por todos los fenómenos de la pegada, que tienen el don de levantar al público de su asiento, sacudirlo, emocionarlo como a un niño. Y en Sudamérica tuvimos muchos. Siempre la lista la encabezan el volante chileno Jorge Aravena y el lateral derecho brasileño Manuel Resende de Matos Cabral - Nelinho. Fuimos testigos de este: 1975, semifinal de Libertadores en cancha de Independiente, arrancaba Nelinho por su banda y, al pisar la raya del mediocampo, casi contra los bancos de suplentes, sacó una bomba que se estrelló en el travesaño de Santoro y lo dejó temblando. Luego le hizo un gol excepcional a Italia (tapaba Zoff) en cancha de River, por el tercer puesto del Mundial 1978. Ambos unían precisión con potencia.

“De muy chiquito me di cuenta de que lo mío era la pegada -revela Aravena-, así que empecé a practicar, con pelota parada, en movimiento, de tiro libre, de penal… Todos los días de mi vida, hasta que me retiré, seguí dándole en los entrenamientos, porque uno va descubriendo detalles, efectos, y se mejora”. Todos sus goles venían envueltos en espectacularidad, pero uno alcanzó el punto cúlmine, el denominado “gol imposible”, que le hizo a Uruguay por la Eliminatoria para México 1986. Desde un ángulo cerradísimo sacó un tierra-aire que entró como una bala; el arquero Rodolfo Rodríguez ni vio por dónde entró la bola.

En esa misma sintonía está Roberto Carlos, que unía en el disparo los tres ingredientes: fuerza, dirección y efecto. Un francotirador de todos los tiempos. Su gol de tiro libre a Francia está considerado el más increíble de la historia, y un desafío a la física. En 1995, con Palmeiras, le marcó a Emelec un gol desde el banderín del córner que entró como bala. Impresionante e inexplicable.

De haber jugado más en Sudamérica o en la Selección, su leyenda sería mayor; no obstante, Argentina y España conocieron la potencia homicida de Héctor Scotta, seguramente el futbolista albiceleste que más fuerte remataba, quizás más que Nelinho y Aravena, aunque sin las curvas sorprendentes que le daban estos. El Gringo elegía un palo y le daba un fierrazo recto. En 1975, antes de pasar al Sevilla, Scotta marcó un récord con la casaca de San Lorenzo que parece imposible de batir: 60 goles en 57 partidos. En el rubro “asesinos de arqueros” se inscribe también Daniel Passarella, un zaguero que mataba con el pie y con la cabeza, rara dualidad. Batistuta fue otro artillero al que le sobraba pólvora. Los hinchas de la Fiorentina sentían lo mismo que los del Cali con Aravena, cuando Bati tiraba la pierna derecha hacia atrás ya se frotaban las manos. El venezolano José Manuel Rey, que le convirtió a Ecuador desde 45 metros en Quito, metió varios bazucazos estando en Emelec. Ricardo Vasconcellos me agrega a Washington Muñoz. “Le hizo acá un gol a Independiente por la Copa que el estadio virtualmente explotó al entrar la pelota”.

Gabriel Batistuta celebrando un gol con la Fiorentina.

Brasil tuvo diez, quizás quince genios del golpeo de balón. Tal vez quien encabece la lista, más por puntería que por potencia, sea Zico, sensacional en pelotas quietas. Tiro seco, al lugar justo donde se apuntó. Se le adjudican 101 goles de tiro libre, la marca máxima de cualquier futbolista. Casi las mismas virtudes de remate que su compatriota Juninho Pernambucano, especialista genial, autor de 77 goles por esa vía. Otro histórico: Rogerio Ceni, quien siendo arquero marcó 129 goles. “El Sao Paulo no podía hacer un gol de tiro libre. Me dije: voy a practicar mi remate. Ensayé 15.000 tiros libres antes de animarme a ejecutar uno en un partido, entrenaba entre 2.500 y 3.000 tiros libres por mes. Y empezaron a entrar”, dice el hoy DT de Flamengo.

Si el virtuosismo de Zico nos deslumbró siempre, qué queda para Messi, que ya le sacó 222 goles de diferencia. Leo combina potencia con justeza y es un colocador magistral del remate. Nunca se equivoca: desde afuera, con violencia, desde adentro, suavecito, apuntando siempre junto a los palos.

100 grandes goles brasileños: #4 Nelinho (Argentina 1978)

Maradona fue un maestro del remate y su célebre gol a Juventus de tiro libre científicamente no tiene explicación posible: indirecto, dos metros dentro del área, seis hombres en la barrera, que se le adelantó, e igual la clavó al ángulo. Uruguay tuvo un gemelo de Diego en ese sentido: desde el borde mismo del área, sin espacios, Bengoechea las ponía en los ángulos. El Chino Recoba, Rubén Paz y Francescoli fueron otros orientales de extraordinaria pegada.

Buenos hubo muchos, estos son inolvidables. (O)