“¿Qué fútbol veremos…?”. Siempre que comienza un gran torneo se pregunta al entrenador y al periodista, como si fueran oráculos, un adelanto del juego que desplegarán los equipos, a quién vemos para campeón, etcétera. La respuesta más honesta es ¿quién puede saberlo…? Una gruesa porción de su encanto este deporte se la debe a su imprevisibilidad. Inesperado, ilógico, loco, cambiante, impredecible… Así es, afortunadamente. Ya en 1924 dio su primera muestra cuando Uruguay, al que en Europa creían tierra de indios, arrasó en los Juegos Olímpicos de París. Se ignoraba todo de los celestes. ¿Sabrían jugar…? Y no solo fue campeón, los aplastó ganándoles a todos los sus rivales: Yugoslavia, Estados Unidos, Francia, Holanda y Suiza. A algunos con goleadas resonantes. Turquía debutó el viernes en la Eurocopa con el antecedente de una supervictoria sobre Holanda por 4 a 2 en la Eliminatoria del Mundial y un 2-0 a Noruega (con Haaland) a domicilio. Se la tenía en muy buen concepto; pero cayó 3 a 0 ante Italia sin siquiera rematar al arco, en una producción pobrísima y timorata. Italia entrenó con ellos. Tres a cero que pudo ser más amplio. A lo más que nos atrevemos es aventurar.

La entrañable Copa América instaló otra vez su carpa, de nuevo en Brasil, como la última vez, y esta tarde ofrece su primera función. Sí puede decirse que, cualquier coronado que no sea Brasil, será sorpresa, en ciertos casos, hazaña. Tal es el grado de favoritismo del local, que en los últimos cinco años con Tite apenas ha perdido un partido: 1-2 ante Bélgica en el Mundial de Rusia. En Sudamérica es amo de vidas y haciendas. Va invicto; de 18 juegos de Eliminatoria ganó 16 y empató 2. Y en su casa es aún más intratable. Es la conjunción de un formidable entrenador y un plantel calificado en número y calidad. También se beneficia de la modestia de algunos y de la desorganización o los errores de otros (Argentina siempre encabezando esta lista).

Una pregunta mejor formulada sería: ¿qué fútbol esperamos…? Anhelamos un buen espectáculo, desde luego, superador del que nos viene ofreciendo en los últimos años el continente. El domingo anterior vimos Estados Unidos 3 - México 2 por la final de la Liga de Naciones de la Concacaf. ¡Qué maravilla…! Volcánico, atrapante, de un ida y vuelta que cortaba el aliento, con una intensidad digna de una batalla, con goles preciosos (el de cabeza de McKennie para el empate a dos fue excepcional, del tipo Pelé a Italia en 1970). A los 59 segundos de juego ya ganaba México 1-0 con un latigazo de Tecatito Corona y en el minuto 124 Andrés Guardado tuvo el empate de penal pero se lo atajó de manera notable el arquero Ethan Horvath. No se le puede pedir al fútbol más que eso. Los 37.648 espectadores del estadio de Denver nunca hicieron tanto ejercicio: saltaron cien veces de sus asientos. Pero, luego de disfrutarlo, casi nos avergonzó el clásico del norte. Lo primero que pensamos fue: ¿cómo avanzaron tanto…? Y ¿cómo nos quedamos nosotros…? Porque no vemos ese nivel en nuestras ligas ni en las copas, tampoco entre nuestras selecciones. Antes, hasta hace treinta años, el de la Concacaf era considerado un fútbol menor, una Primera C en el plano internacional.

Después de dos décadas sin títulos mundiales nos fuimos acostumbrando a que Europa está un escalón por encima nuestro. Y entre clubes, dos o tres. Pero ese 3-2 de los norteños fue un cachetazo en el rostro que nos dio la realidad. ¿Nos igualaron…? ¿Nos pasaron...? ¿También ellos…?

En la apertura de la Eurocopa, el Italia 3 - Turquía 0 resultó entretenido, sin grandes emociones, aunque fue un choque de limpieza ejemplar y con 12.916 personas en las tribunas (Italia fue el epicentro de la pandemia el año pasado, hoy ya puede recibir espectadores sin barbijo, acá no, a puertas cerradas). Sobrio arbitraje, no hubo ninguna acción en que se aplicara el VAR, aunque se revisan todas las jugadas dudosas en la cabina. Italia reclamó dos veces mano en el área turca, una posiblemente fuera discutible, pero todo con mesura, sin histerias. Se percibió que la UEFA quiere arbitrajes acertados, pero sobre todo discretos, que pasen inadvertidos. Y que el VAR no sea una comedia de enredos ni desate polémicas. No a la criolla.

Volviendo a Sudamérica no pretendemos que los 28 enfrentamientos de la Copa que hoy se inicia sean como el mencionado 3-2 de EE.UU.; si se alcanza la excelencia del Colombia 2 - Argentina 2 del martes último estamos cumplidos. Eso estuvo cercano al ideal, fue alta competencia de verdad, con ritmo de vértigo por momentos y el agregado indispensable de que ambos lucieron virtudes y capacidades, había equivalencias. Fue, quizás, el mejor duelo de los treinta que lleva la Eliminatoria.

Pero, además de las posibles bondades del juego, necesitamos una competencia organizada, prolija, sin mamarrachos, que haga honor a la bella historia de nuestra competencia madre, pionera en el mundo. Y, sobre todo, limpia, ejemplar, para volver a creer. Ya que la Conmebol nos encaja una Copa América a la vuelta de cada esquina (cuatro en seis años, y seis porque se postergó uno, estaba programada en 2020) que nos dé un producto noble. Queremos una copa donde se imponga el juego, no la polémica ni los fallos extraños, no con árbitros ciegos y con el VAR del señor Wilson Seneme, siempre tan conveniente para algún sector. Que gane la justicia, que las manos sean manos y las rojas, rojas. No puede ser que Uruguay tenga dos puntos menos en la clasificatoria mundialista porque cuatro señores con ocho o diez cámaras no se dieron cuenta que marcó un gol absolutamente legal. Ya no se tolera más incapacidad ni arbitrajes opacos. Diría el Tano Pasman: “No te pido treinta y ocho toques como el Barcelona, dos aunque sea, dos solitos”. Acá, igual. No pedimos la Copa de todos los tiempos, una decente nomás. (O)