El último fin de semana de septiembre fueron los días del ‘calamar’. Los memes, chistes y referencias de la nueva serie surcoreana El juego del calamar, que acaba de estrenar Netflix en nuestra región, dominaron las conversaciones en redes sociales y fuera de ellas. De hecho, la producción se convirtió en la dueña y ama de los 10 títulos más populares de Ecuador hasta el momento.

¿Por qué todos hablan de ella?

Los primeros dos episodios nos introducen a la mecánica de este juego, que tiene su origen en una actividad física para niños. Luego conocemos a su personaje principal, el desdichado Seong Gi-hun (por el actor Jung-jae Lee), junto con los antecedentes de sus miserias: desempleado, adicto a las apuestas y principalmente con deudas hasta el fin de sus días, como todos quienes aceptan participar en el dichoso concurso del molusco, que más que un juego es una competencia a muerte a cambio de un generoso botín.

En esta dinámica se distingue la violencia sin censura, que proviene, entre otros, de una muñeca robótica sobredimensionada, más escalofriante que la embrujada Annabelle. ¿Por qué nos fascina tanto el horror si nos provoca emociones negativas? Lo mismo se preguntó la BBC hace un par de años. Estas dosis tolerables de suspenso y ansiedad a algunos les divierte, porque saben que el riesgo no es real, explicó en ese momento la socióloga británica Margee Kerr, especialista en el estudio del miedo. Y para ver este dramatizado, los espectadores están conscientes de los niveles de tensión y miedo que les entretiene tolerar, cabe aclarar.

Otra temática, que seguramente atrajo a más de uno a ver esta serie, es el dilema de ¿qué estamos dispuestos a hacer por dinero? ¿Vender nuestra alma? Eso literalmente ya lo ha hecho Hollywood por décadas. Acá la transacción tiene un sentido multidimensional, que depende de la visión de la audiencia.

Finalmente, nos topamos con el tema de la nostalgia de la niñez, en metáforas y símbolos. Las rondas musicales del ‘calamar’ se parecen a los juegos de la escuela; el Luz Roja/Luz Verde me recordó el juego de la estatua (claro, sin las consecuencias fatales). Esto tiene una razón muy conveniente de ser. El creador de este drama, Hwang Dong-hyuk (también dirige) quiso vincular estas memorias con una emoción más actual: el sentido de la competencia sin fin que abruma a los adultos modernos en la actualidad. Por lo que más de uno se sentirá identificado con el espíritu de la historia, aunque rechace sus excesos de violencia.

Desde hace tiempo este tipo de producciones surcoreanas vienen seduciendo a los públicos de otros continentes, hasta llegar a Ecuador, justamente desde la plataforma de streaming Netflix. Tren a Busan (sobre una epidemia zombi en ese país asiático), El huésped (acerca de una criatura mutante que vive en un río de Seúl) y la oscarizada Parásitos son una muestra de que Corea del Sur está fabricando las nuevas historias que todos queremos ver: de individuos totalmente comunes, del montón, afrontando las situaciones más siniestras y macabras desde un arcoíris de trincheras socioeconómicas y culturales, incluso si no hay un final feliz. Y el Juego del calamar no decepciona en esta consigna en lo que va de su primera temporada.