Esta fue la frase que se repitió en las llamadas y mensajes que sucedieron al terremoto del sábado 18 de marzo, ante la necesidad de conocer si nuestros seres queridos fueron afectados. No importó si estábamos peleados, en buenos términos o si no los veíamos desde hace tiempo: en esos momentos, lo más urgente era conocer su situación. Sucesos como este sismo son los que recuerdan la fragilidad y devuelven la relevancia de las personas en nuestras vidas.