Generalmente, el “lenguaje de bebés” se utiliza afectuosamente y con buena intención. Así, el perro termina convirtiéndose en un guau guau y la vaca es un mu. El lenguaje simplificado y las onomatopeyas pueden ser divertidos, pero solo son un inicio, y deben asociarse desde el primer momento a la palabra correcta y a la imagen.

Se cuestiona el uso del lenguaje “de bebé” porque no le ofrece al niño la información adecuada. Aun si su bebé no puede hablar, usted está creando en él una base para el aprendizaje posterior, dice la psicóloga Daniela Ziritt. “Mientras más sólida la base, más efectivo el aprendizaje”.

Ella indica que el ser humano tiene un periodo crítico y sensible, en el que puede adquirir cualquier tipo de lenguaje, verbal o de señas. Eso ocurre durante los primeros cinco años de vida. “Después de eso, el aprendizaje será por acondicionamiento: con práctica, memorización y repetición”.

Por eso es necesario que el entorno del niño lo estimule al lenguaje. Algunos estudios, agrega Ziritt, plantean que los niños pequeños tienden a adquirir un lenguaje más rico que el de sus cuidadores directos, a pesar de que estos no tengan una educación formal o no dispongan de recursos en casa, como muchos libros.

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Foto: El Universo

La estimulación no puede cesar después de esta etapa. A partir de los 5 años, advierte la especialista, todas las palabras que el niño haya absorbido en su primera infancia, pero deja de utilizar, serán olvidadas.

El lenguaje y el desarrollo de la emocionalidad

No se trata solo de adquirir un gran vocabulario a través de videos educativos. Lo esencial es la interacción directa con adultos y con otros niños, porque el lenguaje no es únicamente la palabra hablada, sino que tiene una relación íntima con la gestualidad del rostro y los juegos del tono de voz según las emociones: aprobación, alegría, pesar o enojo. Esto también ocurre en el lenguaje de señas.

Cuando se trata de expresar una emoción como la tristeza o el enojo, Ziritt dice que es posible siempre que los adultos tengan un buen manejo emocional. No significa que a los niños haya que gritarles, sino hacer notar el sentimiento con las palabras correctas, en el tono de voz correcto y con la gestualidad apropiada. “Sobre todo, hay que decirlo: ‘Mamá está enojada por esta razón’”.

En cambio, si el niño ve el enojo de los adultos expresado en romper cosas o lanzar las puertas, asumirá que esa es la conducta propia del enojo. Cuando lo haga a su vez y sea castigado, no entenderá por qué. “Es necesario que los padres puedan controlarse, regularse y conversarlo”.

Use cuentos, juegos y juguetes para canalizar este aprendizaje. Especialmente los cuentos infantiles, que tienen doble función. “Nos ayudan para que el niño pueda adquirir el lenguaje y nos permiten encontrar vías para que pueda expresar sus emociones y comprender el mundo real, y fortalecer el vínculo con sus cuidadores”, dice Ziritt. El cuento no se lee solo, ni termina en la última página, sino que abre la posibilidad de una conversación entre los padres y los hijos.

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Los juguetes, asimismo, tienen sus finalidades. Algunos están diseñados para ayudar a los niños en su desarrollo visual o motriz. Otros simplemente apelan a sus aficiones y gustos, como las figuras de superhéroes. Ambos cumplen un rol importante.

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La formación de la identidad y el valor personal del niño

Pero tal vez uno de los efectos más impactantes de hablar con los niños está en su reconocimiento como personas, en la formación de su identidad. “Algo que es clave es que el niño pequeño tenga siempre el lugar que merece, el que tiene cualquiera de nosotros. Si no prestamos atención a sus balbuceos o sus primeras palabras, puede empezar a formarse la idea de que no importa lo que haga o diga, no va a tener efecto en su entorno. Encontramos este problema luego, cuando el adolescente aún no sabe cuáles son los efectos de sus palabras y acciones”.

Al hablar con los niños, recomienda la experta, póngase a su altura, sostenga la mirada, hágale ver que su atención está en ellos. Y si están lejos, use los recursos como la llamada y el video para que sepan que usted está pendiente de su bienestar.

“Es necesario que el niño se perciba como un ser importante, capaz de generar cambios en su entorno y sepa qué hacer en diferentes situaciones”, resume Ziritt, “y que sepa que el mundo de los adultos es un lugar donde también tiene su espacio”.

El hogar como primer modelo del lenguaje

El ambiente, el entorno social es fundamental para el lenguaje. El niño recibe de allí los modelos adecuados y desarrolla el deseo de comunicarse. El adulto debe hablar con palabras claras y completas, y acercarse al niño para estimular el contacto visual.

“A veces seguimos el juego al niño en las primeras etapas, en un diálogo con el bebé que balbucea. Pero con el tiempo tenemos que darle modelos lexicales correctos. De esa forma, podrá imitarlos”, instruye la fonoaudióloga Silvana Irigoyen.

Evite corregir y decir frases negativas, como “no se dice así, no hables así”. Simplemente, después de una equivocación, remarque usted, de manera asertiva, la forma correcta. No repita la palabra mal dicha, ni permita que alguien se burle. También hay que entender la etapa de maduración del niño. A los dos o tres años, construcciones como cla, cle, cli o el uso de la erre resultan difíciles para muchos de los chicos. Pero ya deberían poder usar la ce y la te sin confundirse.

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Cuando estamos frente a un niño que no está desarrollando el lenguaje o no puede repetir modelos, hay que considerar aspectos como la audición. Los niños que tienen otitis frecuentes o alergias pueden haber sufrido un descenso en la audición, aporta Irigoyen, quien está especializada en atención y estimulación temprana. “Antes de insistir al niño para que repita algo, hay que estar seguros de que puede escuchar bien todos los componentes”.

Irigoyen defiende también la importancia de la lectura con los niños, por sobre recursos como el video. Si bien parece una competencia injusta la del libro tradicional con los dispositivos, la lectura implica la presencia de los padres, que hacen voces, que representan la historia. “Implica tiempo de ese adulto, que a veces no quiere o no puede dar”.

Ella destaca también la importancia de los modismos de la familia. “Dentro de casa tenemos un vocabulario. Cada uno tiene su apodo. Todo ese lenguaje interno también se pierde (cuando no hay interacción)”. Irigoyen propone no hablar solo de la madre o el padre como proveedores de lenguaje, sino del círculo familiar.

Señales de que el niño necesita terapia de lenguaje

No espere a que el niño hable espontáneamente más tarde en la vida. Es posible que esto ocurra de un momento a otro, pero un porcentaje de pequeños no lo tendrá tan fácil. Si ve alguna de estas señales, puede necesitar ayuda de un terapeuta:

  • A los dos años no puede unir dos palabras, señala y repite ciertas sílabas.
  • A los tres años no puede completar frases sencillas.
  • A los cuatro años no puede decir correctamente la mayor parte de los fonemas.

Consulte con la parvularia, la terapeuta del lenguaje o el fonoaudiólogo, y descarte alguna pérdida de audición o trastorno neurológico.

Si su niño tiene dos años, le convendrá ir a un entorno más enriquecedor, como una guardería o un jardín de infantes, para estimularse con otros niños y las actividades y los cantos. Si en seis meses no hay ningún cambio, se puede empezar con el trabajo terapéutico. “No podemos esperar a que cumpla los seis años para ver si se desarrolla o no. Recuerde que como hablamos, escribimos, y esto podría derivar en un problema del aprendizaje”. (F)