Por Jenny Estrada Ruiz *

La afición al cultivo de la música entre hombres y mujeres porteños data del período colonial y aunque la carencia de centros de enseñanza formal retardó el aprendizaje sistematizado, la continua presencia de compañías de zarzuelas, óperas y operetas que incluían a esta ciudad en sus dilatadas giras por el área del Pacífico sudamericano (segunda mitad del siglo XIX) trajo el beneficio de maestros europeos que durante su estadía en el puerto ofrecían clases particulares a domicilio, para quienes pudiesen cubrir el costo.

Muy populares fueron los grupos musicales que nacían en las tertulias familiares y las estudiantinas de señoritas y de varones que existían en cada barrio. Pero no fue sino hasta el año 1892 cuando la Sociedad Filantrópica del Guayas, llamada con propiedad “La universidad del pueblo”, abrió la clase de música, a cargo del maestro portugués Claudino Roza, que el talento de nuestros jóvenes (de sexo masculino) pudo encauzarse hacia la profesionalización. No ocurrió lo mismo con las mujeres que debieron continuar con el sistema de clases particulares hasta el año 1928, cuando el presidente Dr. Isidro Ayora, considerándolo una necesidad impostergable, decretó la apertura del Conservatorio Nacional que llevaría el nombre del insigne músico francés Antonio Neumane, compositor de nuestro himno nacional.

Un acertado director

El Conservatorio Antonio Neumane ofrecía las carreras de música y declamación para estudiantes de ambos sexos. El pénsum académico, selección de maestros, aspectos administrativos y demás requisitos fueron encomendados al experimentado músico quiteño maestro Pedro Pablo Traversari Salazar, quien había desempeñado con éxito iguales funciones en el conservatorio de Quito.

Traversari poseía una sólida formación académica obtenida en el conservatorio nacional de Santiago de Chile, donde realizó estudios de flauta, contrabajo, violoncello, armonía y composición. Obteniendo el grado de compositor y director de bandas, además los títulos de profesor de teoría estética e historia del arte. Desempeñó las cátedras de teoría musical, historia de la música y declamación en varias instituciones chilenas y, contratado por el gobierno del general Eloy Alfaro volvió al Ecuador para intervenir en la refundación del conservatorio de Quito, cuya dirección ocupó en varios períodos.

Deseoso de abrir el camino, aceptó la invitación del Dr. Isidro Ayora para asumir el cargo de director fundador de nuestro conservatorio, cuando en la ciudad el interés por el aprendizaje de la música y la misión cumplida por la Sociedad Filantrópica del Guayas había dado excelentes frutos.

Presencia de las mujeres

La masiva concurrencia del elemento femenino a las aulas significó una inusitada concentración de estudiantes empeñadas en el estudio de diversos instrumentos, muchas de ellas con profunda vocación y decisión de seguir la carrera musical, ya no como un complemento gracioso de su personalidad femenina sino como una posibilidad profesional para acceder al magisterio desde su especialidad, lo que motivó al maestro Traversari a la conformación de una Orquesta Sinfónica de Señoritas, similar a la que el año 1921, aunque de corta existencia, había constituido en el conservatorio de Quito. El exitoso debut de la sinfónica femenina de Guayaquil tuvo lugar el año 1930, al celebrarse el segundo aniversario del conservatorio Antonio Neumane. Nuestra orquesta femenina permaneció en actividad hasta 1934, en que el maestro Traversari fue requerido nuevamente en la ciudad de Quito. Muchas de las integrantes se graduaron como maestras de música y luego integraron la gran orquesta de profesores dirigida por el maestro italiano Angelo Negri, gestor de los primeros elencos de ópera en Guayaquil (1937).

Ciudad sin alma

Han transcurrido 93 años desde que Guayaquil contó con un conservatorio de primer nivel, en el que varias generaciones de músicos recibieron óptima formación para canalizar sus vocaciones. Y parece mentira que desde la década pasada ese centro de gestión académica haya sido reducido a categoría de colegio o instituto de artes, sin un local apropiado para su funcionamiento y sin que a nadie le preocupe que la ciudad se quede sin alma, porque no son solamente las obras físicas las que marcan el desarrollo de una urbe, sino la parte esencial del ser humano que brota de su espíritu creador en las artes, las letras y las ciencias e inspira a los artistas, músicos, compositores, intérpretes para ayudarnos a ser mejores personas.

* Academia Nacional de Historia, miembro emérito