En Suecia, durante los años 90, un hombre confesó cometer 39 asesinatos, entre los que también habría perpetrado violaciones, mutilaciones, desmembración de cuerpos, e incluso, habría incurrido en episodios de canibalismo con sus víctimas.

Este escalofriante conjunto de homicidios, consumados entre 1964 y 1993 según el testimonio del confeso, hizo que se lo considere como el asesino en serie más terrible de la historia de Europa. Por ello, fue bautizado como elHannibal Lecter” sueco. Fue juzgado por ocho de esos 39 crímenes, teniendo una condena de decenas de años en prisión.

Sin embargo, ese hombre no había matado a nadie. Todas sus confesiones fueron inventadas. Era inocente.

Su nombre es Sture Ragnar Bergwall, aunque fue más conocido con el nombre de Thomas Quick durante su época de presunto homicida. Hoy tiene 71 años y se encuentra en libertad, tras que todas sus sentencias fueran revisadas y anuladas. Actualmente vive en un lugar secreto, fuera de su natal Suecia, bajo otra identidad con el fin de comenzar de nuevo otra vida.

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Qué lo motivó a realizar falsas confesiones

La historia del denominado Thomas Quick cobró de nuevo relevancia en 2019 cuando se estrenó la película Quick, filme que narra todo este suceso, que se basa en el trabajo que realizaron los periodistas Hannes Råstam (ya fallecido) y Jenny Küttim, quienes destaparon la verdad y sacaron a la luz el que se considera como el mayor error judicial de toda la historia de Suecia.

Gracias a su investigación, Quick pudo ser liberado de sus condenas. Pero, ¿por qué mintió y se atribuyó crímenes que no cometió?

Según reveló Küttim, en una entrevista con Diario El Mundo de España, Quick actuó de esta manera para obtener la atención de unos psicoterapeutas mientras estaba recluido en una clínica psiquiátrica.

La historia comienza cuando Quick intentó en 1991, con 41 años y vestido de Papá Noel, robar un banco armado con un cuchillo para conseguir dinero para drogas. Acabó en la cárcel primero y después, por petición propia, en la clínica psiquiátrica de alta seguridad Säter, a 200 kilómetros de Estocolmo.

En esa prisión psiquiátrica atendía grupo de médicos de vanguardia liderados por Margit Norell, una importante y respetada figura en Suecia que falleció en 2005. Norell estaba empeñada en entender cómo funcionaba la mente de un criminal y empleaba una terapia basada en las enseñanzas de Freud, según la cual las mujeres con histeria tenían memorias reprimidas y por eso desarrollaban esa enfermedad nerviosa.

“Trataron de sacar esas supuestas memorias reprimidas de Quick. Pero Quick no tenía ninguna historia increíble que contar y eso no era suficiente para los terapeutas, que mostraban mayor interés por otros pacientes”, cuenta Jenny Küttim. “Sin embargo Quick deseaba seguir recibiendo terapia, porque quería entenderse a sí mismo y también porque le daban benzodiazepinas (medicamentos psicotrópicos que con frecuencia se prescriben a los drogadictos para ayudarles a superar el mono). Quick era un adicto, quería esas drogas, así que empezó a mentir para ganarse la atención de los psiquiatras».

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Quick no tenía reparos en mentir, porque se había acostumbrado a hacerlo toda su vida. Además, era un lector voraz, siempre leía los periódicos y conocía todos los casos de asesinatos que habían sacudido a Suecia y que no habían sido resueltos. Otros de los crímenes que decidió atribuirse eran completamente inventados.

Sumado a esto, Quick sentía que no había logrado nada en la vida, por lo que al convertirse en preciado objeto de estudio por parte de los terapeutas y ver después su nombre en los titulares de las noticias, sintió que era importante. Por fin era alguien.

“A los terapeutas les provocó una enorme excitación la confesión por parte de Quick de esos asesinatos, de los que no recordaban nada hasta su llegada a Säter. Para ayudarle a recordar los terapeutas le pasaban libros de asesinos en serie, novelas como American Psycho, artículos de periódicos...”, afirma Küttim.

Quick tenía permiso de salir de vez en cuando de la clínica, por lo que visitaba a las bibliotecas públicas de Estocolmo, donde engullía en periódicos viejos todos los artículos sobre asesinatos. Con todo ese material a su disposición, fue componiendo poco a poco un relato de ficción en el que se acusó de 39 crímenes, algunos reales y otros totalmente inventados.

Estos testimonios, considerados absolutamente creíbles por sus terapeutas y la policía hizo que lo condenaran por ocho asesinatos por seis tribunales diferentes.

La investigación que destapó la luz

A pesar de las resoluciones judiciales, había alguien que estaba insatisfecho sobre cómo se manejó este caso: el periodista de investigación sueco Hannes Råstam. Junto con Jenny Küttim, repasaron con lupa todo acerca del supuesto asesino en serie, así examinando las 50.000 páginas con las confesiones de Quick, los historiales médicos completos de sus sesiones de psicoterapia, las grabaciones en vídeo de sus interrogatorios, etc.

“Partimos de cero y comprobamos todo, absolutamente todo. Råstam era un periodista obsesivo con los detalles, y la clave casi siempre está en los detalles. En cuanto veía algo que no le encajaba, no paraba hasta entenderlo”, revela Küttim.

Después de seis meses de investigación y de varias visitas a Quick, un día el supuesto asesino les dijo: “¿Qué puedo hacer si en realidad no he cometido todos esos asesinatos? Estoy atrapado”

Y Råstam le respondió: “Ahora tienes tu gran oportunidad: dime la verdad”. Quick confesó entonces que todo era mentira, que nunca había matado a nadie.

“Sabíamos que Quick era un gran mentiroso, un mentiroso magistral. Pero cuando se retractó de sus confesiones nos convencimos de que no mentía. Todo encajaba”, nos cuenta Küttim. En 2008 la televisión sueca emitió un documental realizado por Hannes Råstam que dejó al país entero perplejo: Quick no sólo se retractaba de todas las confesiones en las que se había atribuido 39 asesinatos sino que las dudas sobre su culpabilidad se amontonaban.

En los años sucesivos todas las condenas por asesinato que pesaban sobre él fueron revisadas y, una tras otra, fueron anuladas. El 30 de julio de 2013 Quick fue exonerado del último de los ochos crímenes por los que había sido sentenciado.

Transcurridos 23 años de su ingreso primero en prisión por intento de robo a mano armada a un banco y después en el presidio psiquiátrico de Säter, fue puesto en libertad sin cargo alguno.

Pese al mal actuar de los terapeutas que trataron a Quick y de los policías que investigaron su caso, ninguno ha sido llevado a juicio por ese caso ni ha recibido ningún tipo de castigo. Una comisión investigó lo ocurrido, pero dictaminó que ninguna persona podía ser declarada responsable de lo sucedido y que el propio Quick había tenido en gran medida la culpa de lo que le había ocurrido. (I)