Usted va a ser millonario. Tiene la idea de un negocio que la va a romper. Va a vender sorbetes biodegradables, procesar basura para alimentar camarones o inventar vitaminas para engordar bananas. Va a construir una gran empresa y va a generar cien puestos de trabajo. Pero usted tiene un problema: necesita capital y no lo tiene.

Lo primero que hace es buscar financiamiento entre sus familiares, amigos y conocidos (lo que los americanos llaman la triple “f”: family, friends and fools). Pero esto no le funciona. Usted no es sobrino de Rico McPato, sus amigos solo se le aparecen para pedirle que pague las cervezas y entre sus conocidos no hay quien ande regalando dinero así nomás. Lo siguiente que hace es buscar financiamiento en un banco. Pero esto tampoco le funciona. Como el banco no lo conoce ni puede formar parte de su negocio, tiene el temor de que usted nunca devuelva el dinero prestado y, por lo tanto, le exige un colateral. El banco le pide que usted tenga un terreno, un carro, una máquina o algo que sirva como garantía. Pero usted no tiene ninguna de esas cosas. Así que es aquí, más o menos, donde se termina su historia de próspero empresario. No se hizo millonario, ni construyó una gran empresa, ni generó cien puestos de trabajo.

En el mundo civilizado existen soluciones para este problema. Las leyes de los países desarrollados se enfocan en volver viable la unión de emprendedores y personas con capital. Un ejemplo de esto es la posibilidad que existe en esos países de convertir acciones en deuda.

La historia es sencilla. El emprendedor ubica a un desconocido con capital. Naturalmente, este capitalista no tiene por qué confiar en el emprendedor, pues, por todo lo que sabe, el emprendedor bien puede ser un embustero vende-humo que se va a quedar con su dinero. El capitalista necesita algún tipo de seguridad de que su dinero va a ser bien utilizado. Si los dos constituyen una compañía y se reparten las acciones, esto asegura que los intereses van a estar alineados, pues la única forma que tiene el emprendedor de hacer dinero es que la compañía genere utilidades en las que el capitalista también va a participar. Pero se necesita algo más. El capitalista debe poder protegerse contra la negligencia del emprendedor. Así que se le permite reservarse el derecho de convertir sus acciones en una deuda exigible al emprendedor, si se da cuenta de que el negocio está siendo mal administrado. Si se permite convertir acciones en deuda, el capitalista puede sentirse más seguro y dar su dinero para el nuevo negocio.

En el Ecuador de “no crezco ni un punto porcentual del PIB mientras los países vecinos crecen a cuatro o cinco puntos”, los legisladores deberían estar pensando en una cosa, y en una cosa solamente: cómo volver más productivo al país. Un país solo es productivo cuando los emprendedores y los capitalistas se unen. Reformar la legislación societaria para permitir convertir acciones en deuda es un paso en el camino de juntar emprendedores y capitalistas y volver productivo al país. (O)

* Profesor de Derecho.