En los últimos días se ha hecho pública la situación personal de un profesor de secundaria que se encuentra en prisión como consecuencia de un accidente de tránsito, en el que arrolló a un motociclista en una de las calles de esta ciudad.

Debo confesar que me impactó la desfavorable situación de ese estoico personaje, rodeado de verdaderos delincuentes. Dicha noticia, nos llegó gracias a la actuación de un grupo no reducido de sus exalumnos, quienes conmovidos por la suerte del maestro que siempre fue referente de buen profesor y conductor de juventudes, se encuentra sufriendo una vejatoria prisión por un supuesto delito culposo, al que todos estamos expuestos; sobre todo en una urbe desorganizada como la nuestra en la que pocos motociclistas respetan las regulaciones de tránsito, ya que una mayoría maneja a grandes velocidades, en permanentes zigzagueos que ponen en peligro a los peatones y conductores que no siempre pueden eludir arriesgadas maniobras.

La prometida modernización del sistema carcelario debe diferenciar el tratamiento a los responsables de los delitos culposos de los dolosos, que no pueden estar sometidos al mismo régimen de privación de libertad, que ponen en riesgo a sujetos que no poseen el mismo nivel de peligrosidad social.

Pero no es solo mi intención bogar por la suerte de tan interesante personaje cuyo indulto debiera adoptar el presidente de la República, sino también para relievar el hermoso gesto de solidaridad y reconocimiento de exalumnos a un personaje que con seguridad marcó sus vidas y, a quienes declaro no conocer como tampoco al octogenario profesor que purga una condena que lo expone a los peligros de un sistema carcelario colapsado, en medio de verdaderos delincuentes. (O)

Jorge Augusto Egas Peña, doctor en jurisprudencia, Guayaquil