En el Ecuador actual, el Departamento de Consejería Estudiantil (DECE) no puede seguir siendo visto como un requisito administrativo más dentro de las instituciones educativas. Es un pilar fundamental para la protección, orientación y acompañamiento integral de los menores.

Muchos estudiantes llegan a las aulas cargando realidades complejas: violencia intrafamiliar, abandono emocional, ausencia familair, presión social o el riesgo de vinculación con organizaciones delictivas. Para ellos, la escuela no es solo un espacio académico, es el único lugar donde alguien los escucha.

El profesional del DECE no solo aplica pruebas vocacionales. Contiene crisis emocionales, detecta señales de maltrato, activa rutas de protección y ayuda a construir proyectos de vida donde parecía no haber futuro. Pero, en numerosas instituciones, especialmente fiscales, no existen los recursos suficientes, y cuando los hay, el respaldo institucional y estatal resulta insuficiente frente a contextos cada vez más hostiles.

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Debilitar el DECE es dejar solos a nuestros jóvenes. Fortalecerlo es apostar por la prevención, convivencia y vida. El Estado debe asignar recursos adecuados, pero también la sociedad debe comprender que la orientación psicológica y vocacional no es un lujo: es una necesidad urgente.

Porque cuando un joven encuentra dirección, encuentra esperanza. Y cuando encuentra esperanza, elige vivir y construir, no destruir. (O)

Carlos Manuel Massuh Villavicencio, Daule