El día a día. Cuántas veces nos quejamos de la rutina y del día a día. No vemos el valor de lo cotidiano. Algo que damos por sentado, que pasa todos los días, y que lo hacemos sin pensar y claro, casi sin valorar. ¿Qué pasaría si eliminas de esa ecuación alguna de estas actuaciones cotidianas?

¿Qué es la libertad?

La rutina es buena, da orden, estructura y seguridad y claro, también la temida monotonía; además permite comparar las experiencias de vida fuera de la rutina y contraponerlas a nuestro día a día. En sentido contrario, cuando algo falta en la rutina o cuando nos prohíben hacer algo que es usual, común en nuestro día a día, echamos de menos eso. Hace poco me prohibieron bañarme en el mar, algo que he hecho -sin pensarlo demasiado- desde que nací. Una vez superada la prohibición, disfruté inmensamente nuevamente meterme al mar.

Divide y gobernarás

Por la mañana, cuando nos levantamos estamos acostumbrados a ver a quienes siempre vemos (hijos, pareja, etc.), a tomar el café en la “taza de siempre”, a dormir con nuestra propia almohada, y así… pueden ser un sinnúmero de asuntos cotidianos que damos por sentado y que hacen -y son- nuestra vida. Existen sin mucho aprecio hasta el día en que dejan de estar. Esta reflexión la hago únicamente para que le demos un poco más de sentido a todo aquello que, desde una mirada ligera, parece irrelevante en nuestro día a día, pero que finalmente hace que ese día a día sea mejor e inherente a cada persona. Me gusta como lo expresa José Miguel Valle: “Pero, de nuestra piel para fuera, no deja de haber belleza en el día a día para quien sabe aterrizar la mirada”. (O)

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Tatiana Vernaza Gonzenbach, Guayaquil