Hay que reconocer que el anuncio del presidente Noboa de revivir lo que fue “la Base de Manta” fue una excelente estrategia electoral contra el Partido Revolución Ciudadana, en pleno año electoral. Puso a la defensiva al expresidente Correa y a su movimiento sobre su papel en la lucha contra el narcotráfico y las consecuencias de esas decisiones en el marco de la peor crisis de violencia de las últimas décadas. Ahora que el tema se discute en el Congreso y que hay reales posibilidades de que sea aprobado en un referéndum, se hace necesario un análisis más profundo de una exitosa estrategia de marketing electoral. Y hay tres problemas de bulto en su poco elaborada propuesta al país:

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Primero, un estadista no puede anunciar el regreso de algo que nunca existió. EE. UU. tiene bases militares en el mundo (FOB), pero son pocas y generalmente establecidas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría. En América Latina, su única base militar propiamente dicha es la de Guantánamo. Lo que existe para control antinarcóticos en algunos países son Centros Cooperativos de Avanzada (CSL, antes conocidos como FOL, por sus siglas en inglés). Anunciar algo que no ha sido previamente negociado y consolidado con el país cooperante no solo es descortés, sino una demostración más de la desidia con la que el Gobierno ha tratado a la política exterior y al mayor de sus aliados, desde que se inició. ¿Una mancha más al tigre? Si alguien le contara al presidente el trabajo profesional de años que hizo Colombia –en distintos gobiernos– para que Washington aceptara ayudarlo con el Plan Colombia, vería que no es cuestión de soplar y hacer botellas. Y menos haciendo anuncios que han incomodado a funcionarios en Washington sobre asuntos delicados. La propia embajada ha dicho que no tiene interés y les creo porque estuvieron felices de entregarla en el 2009.

Segundo, la tecnología cambió. EE. UU. cubre la supervigilancia del Pacífico en Comalapa, El Salvador y cooperación estratégica en Honduras, Panamá y Perú. Los centros logísticos son preferidos por EE. UU. porque limitan el envío de tropas, excepto personal de entrenamiento, y la seguridad y los costos se minimizan. Una vez más: un buen plan estratégico y un proceso de Estado compensaría con creces la poco probable reinstalación de una “base” que no es tal.

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Tercero, tener una mínima concepción del orden global o de “geopolítica”. Si bien la Constitución del 2008 es un gran galimatías sobre asuntos internacionales, cambiarla puede ser peor remedio que la misma enfermedad. ¿Hay alguien que pueda garantizar que en un futuro cercano o lejano, algún gobierno radical (de cualquier índole) no quiere usar la nueva posibilidad constitucional para invitar una instalación de China o Rusia, a cuenta de cooperación militar, satelital, etc.? En otras palabras, ¿nadie se ha puesto a pensar en el día después de mañana y en las consecuencias de abrir una caja de Pandora de esa naturaleza? La famosa reforma es buena solo como caja china, el nombre que le dio el gran Luis Estrada en su película La dictadura perfecta a la mejor estrategia que tiene la clase gobernante hoy: distraer y confundir en ausencia de plan de país. (O)