Querido lector, el mundo sigue su marcha sin importar qué o quién deja atrás, un día amanecemos con buenas noticias que nos alegran el alma, y otro día el temor de lo que sea que pueda acechar nuestra mente nos pone de rodillas, tal vez ese vaivén es la misma vida.

Estoy seguro de que se fue tranquilo porque le dio batalla al mundo, dejando su huella indeleble por el que nos invita a caminar...

Tal vez deberíamos conversar sobre el paro y sus consecuencias, sobre la falta de objetividad investigativa en tiempos de campaña, hablar de aquellos impresentables que hoy quieren poder a costa de la infamia, pero me detengo a pensar que a veces lo vertiginoso del mundo nos aparta de lo esencial, de aquello que El Principito decía que solo podemos ver con el corazón.

No hace mucho, perdí a un gran sabio y viejo amigo, alguien que yo le decía hermano, pero era un oráculo para muchos, al que mis hijos le decían tío Pancho, sin saber que abrazaban a una leyenda viva, y les confieso que el andar mismo de la vida, los irrelevantes, los diferentes ángulos con la que mirábamos, la falta de tiempo, ese maldito tiempo que no le importa nada y que le somos tan insignificantes que pasa arrollándonos por encima sin preguntarnos tan siquiera el nombre, nos hizo quedar en deuda con la charla amena, el consejo sabio, la enseñanza buena y el café caliente.

Mi querido hermano Francisco Huerta Montalvo, el doctor para algunos, el exalcalde para otros, el señor Huerta para sus detractores, Panchito para los que tuvimos la suerte de abrazarlo, ha emprendido un viaje al oriente eterno, ese lugar al que le tememos porque nos es desconocido, y ha dejado un hondo dolor entre sus allegados, un hueco inmenso entre los que lo admiramos, y que solo lo llenaremos con el recuerdo de su sabiduría de vida.

Tal vez piense usted es que no hay muerto malo, o tal vez debería exaltar su lucha contra la corrupción, sus denuncias contra el narcoestado, su importante aporte investigativo en diferentes comisiones que conformó, las manos limpias con las que trabajó, pero la verdad, está de más, su mismo nombre habla por lo que fue. Tal vez para muchos solo era una figura política más, pero era un ser humano con ideales, con aciertos, muchos aciertos propios de un sabio, con errores tal vez igual o más que sus aciertos, que lo hicieron sabio, con dolores y alegrías, con frustraciones de ver un país en decadencia, pero con el orgullo de saber que fue de los pocos que hizo algo por cambiarlo.

Hoy quiero robarme estas líneas para despedirme de un amigo, de un faro que guio a muchos en el camino del deber ser. Estoy seguro de que se fue tranquilo porque le dio batalla al mundo, dejando su huella indeleble por el que nos invita a caminar, desafiando al poder como sea que sea presentado.

Una sabia de esas que andan por el mundo regalando felicidad me dijo, cuando el cántaro se rompe se vuelve infinito. Hoy una estrella más se ha elevado al cielo y brilla ahí.

“Será agradable, ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas las estrellas me darán de beber. ¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...”. Descansa, Panchito. (O)