He oído, leído y sido testigo de muchas reflexiones sobre el perdón. Los últimos meses he estado en Colombia, donde escuché a parientes de víctimas de las peores masacres, a familias de desplazados, a sobrevivientes de ejecuciones. Madres, hermanos, hijos asesinados a su lado, y ellos preguntándose por qué siguen vivos y sus familiares no. Creyentes que claman. ¿Por qué Dios permitió todo eso?, ¿dónde estaba Dios, dónde está?

Viví 15 días en la casa de un sobreviviente de los campos de concentración nazi que conocía su torturador. Acompañé a madres que han perdido a sus hijos en manos de sicarios. Y yo misma me pregunto cómo estoy viva después de haber estado en peligro de muerte tantas veces. Ha costado la vida a varios compañeros, pero por algún motivo inexplicado, no me encontraba en ese lugar cuando en principio debía estarlo.

Y de manera constante, insistente nos dicen hay que perdonar.

En Colombia nos repiten: no cometan nuestros mismos errores, ustedes están al comienzo, nosotros hemos pasado más de 50 años. Y comenzamos a aprender; no sé qué me golpea más, el perdón que cuesta otorgar o saber que solo estamos al comienzo.

Mediocres

Mantener el rencor, el odio y el miedo nos envenena, nos enferma, y llevamos ese veneno donde vamos, contagiamos a los demás.

Nos dicen que el perdón es un acto noble, una virtud reservada para almas grandes, casi santas. Pero en la vida real, cuando el dolor se instala en la piel y el agravio deja huella, el perdón se vuelve un desafío. No es una puerta que se abre con facilidad ni una simple frase que se pronuncia sin consecuencias.

El perdón es un camino, en que no se vuelve al comienzo, porque ya nada es igual. A veces, un sendero lleno de piedras que lastiman los pies, de pasos que retroceden, de momentos en que pesa más la herida, el rencor, que la esperanza y las ganas de vivir.

Nos han hecho creer que perdonar es olvidar, que es absolver sin más, pero no es así.

Perdonar no borra la historia ni las cicatrices. Perdonar es atreverse a mirar el daño de frente y decidir que no tendrá la última palabra.

Perdonar y pedir perdón

No es ingenuidad ni resignación. El perdón es un acto profundamente subversivo en un mundo que nos empuja al resentimiento y a la revancha. Cuando una víctima, con todas las razones para odiar, elige soltar el peso del rencor, desafía la lógica de la violencia. Es un acto de libertad, un rescate de uno mismo del dominio del daño sufrido. Es un reto.

Las sociedades marcadas por el conflicto y el dolor colectivo también necesitan aprender a perdonar. No es impunidad ni justicia a medias, es reconstrucción. Es mirar al otro y reconocer que, aunque el pasado no se pueda cambiar, el futuro sigue abierto.

Lo más fuerte de lo que aprendí es que el perdón no es para el otro, es para uno mismo. El otro, a veces desconocido, puede que no se entere nunca, pero yo decido perdonar, ir más allá del don. No obliga a la reconciliación ni exige un abrazo. Es, ante todo, dignidad: el derecho a seguir adelante sin que la herida dicte el rumbo. Es, quizá, el mayor acto de humanidad en tiempos destinados a fracturarnos aún más. (O)