Dos guerras mundiales y decenas de conflictos nacionales y regionales fueron suficientes para que Europa y su fuerza civilizatoria se autoconfine como un jugador de segundo nivel en el concierto mundial de las naciones. No era para menos. El mundo no podía comprender cómo un país culto y civilizado como Alemania, quintaesencia del europeísmo, había caído en las garras de un fanatismo tan asesino como el de los nazis, y ver a cualquier alemán con uniforme militar después de semejante experiencia era chocante, por decir lo menos. La visión europea había pasado a segundo plano, aunque aún los ingleses, que lograron resistir a la barbarie nazi, y también los franceses, conservaban una voz importante en el escenario internacional.
Este ostracismo autoinfligido llevó a Europa a resguardarse cómodamente, aunque tal vez inevitablemente, bajo el ala protectora de los Estados Unidos, tanto en lo económico –con el Plan Marshall–, como en lo militar –con la OTAN–. El rol de árbitro mundial asumido por la potencia norteamericana y su peso geopolítico facilitaron la postura europea, especialmente después de la reducción de los presupuestos de defensa tras la crisis del euro, que hacía pensar a muchos sobre la fragilidad de las reservas continentales en materia de armamento. La llegada del presidente Trump, sin embargo, parece sacudirlos de ese estatus. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, proclamó “la era del rearme europeo”, anunciando planes para movilizar 800.000 millones de euros, dirigidos a reforzar la seguridad en el continente. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, por su parte, habló sobre extender la protección del arsenal nuclear francés a sus aliados europeos.
Ecuador exige coherencia y corresponsabilidad comercial
Así, tal como sucedió en el Renacimiento del siglo XV hasta el XVI, y en la Ilustración del siglo XVIII, cuando las nuevas ideas hicieron salir a la Europa Medieval de su letargo, hoy el reciente despertar continental, forzado por el impositivo presidente de los Estados Unidos, impulsa a Europa a escribir un nuevo capítulo de su historia. La última reunión entre Trump y su homólogo ucraniano, Volodimir Zelenski, fue la gota que derramó el vaso de los despropósitos internacionales y convenció a los líderes de la región de que el antiguo equilibrio mundial era cosa del pasado, y que había que reaccionar. Esa reacción, esperemos un nuevo Renacimiento, de darse, sería bien vista por el planeta. Porque si bien es cierto que en lo militar y en lo económico Estados Unidos, China, Rusia, incluso India, tienen una posición de dominio, la capacidad de influencia se asienta también sobre lo cultural, donde Europa es una referencia, en particular para el mundo occidental.
Resta saber si ellos han aprendido de sus errores pasados (como sus prácticas neocoloniales) y si serán capaces de interpretar el momento actual –con sus implicaciones–, para encontrar su lugar en el emergente orden multipolar. Ojalá no se trate únicamente de una indignación momentánea o puramente reactiva,
sino de una propuesta de presente y de futuro. Por lo pronto, Jean Monnet y Konrad Adenauer, entre tantos otros, estarán contentos. (O)