Hace ciento ochenta y dos años, en diciembre de 1843, se publicó un relato del escritor inglés Charles Dickens que se ha traducido al español como Canción de Navidad o Cuento de Navidad. Y es muy curioso que uno de los autores realistas por excelencia, que había concebido la narrativa como un mecanismo para mostrar las condiciones lacerantes de nuestra convivencia social, económica y política (basta mencionar la novela Oliver Twist), se dedicara a crear una historia que incorpora fantasmas en su trama. Dickens compuso este relato en el contexto de una sociedad que buscaba recuperar valores del cristianismo en tiempos convulsos.
Como muchas obras que se hacen populares gracias al fervor del público –ha sucedido con Pinocho, Alicia en el país de las maravillas, entre otras–, Canción de Navidad ha sido muchas veces simplificada para ser presentada como literatura para niños y jóvenes. Muchos tienen en mente, sobre todo, al personaje Ebenezer Scrooge –un frío hombre de negocios, supertacaño y calculador, codicioso y solitario, interesado únicamente en el rédito comercial de su empresa–, de quien el narrador (en la traducción de Gregorio Cantera) dice: “No había viento más cruel que él”. Ciertamente, pocos de nosotros quisiéramos estar cerca de un Scrooge.
Pero Dickens construye este personaje como una oportunidad, justamente, para plantear una vuelta a valores y prácticas que no se agotan en lo material (ya sabemos, el único interés de Scrooge es tener más dinero). En esta historia, en Nochebuena, el fantasma de su antiguo socio Marley, muerto hacía siete años, se le presenta para conducirlo por un mundo sobrenatural en el que Scrooge observa su pasado y su presente, además de su posible futuro si no remedia algunos de los grandes defectos que lo caracterizan. Su antiguo amigo le ofrece una ventana para comprender lo que sucede más allá de la vida terrenal.
Como en una extraña película, Scrooge va experimentando una serie de visiones en las que todos sus conocidos “son en realidad compañeros de viaje hacia la tumba”. El Marley fantasma le dice: “Es preciso que el espíritu que toda persona lleva dentro salga al encuentro de sus semejantes”, de modo que este cuento trata de promover en los lectores una capacidad para mirar a los otros. Así, uno se implica con los otros a través de la solidaridad, la compasión y el compartir. Pero uno de los momentos más fuertes tiene que ver con el efecto del fantasma –¿de la fantasía?– de mostrar al mismo Scrooge su pasado, su presente y su futuro.
Porque lo que está en juego, no solamente en tiempos navideños, es un desafío que nos humaniza, que es el desarrollar una sensibilidad para vernos a nosotros, detener un instante lo que nos dice ruidosamente la cabeza, y aprovechar todo momento para saber cómo actuamos, qué compartimos, por qué decimos lo que decimos, de dónde vienen nuestros anhelos y frustraciones. La lección del Cuento de Navidad es para todos los días: no podremos tener una buena vida si no tratamos de conocernos, si no sabemos quiénes somos. Para empezar, podríamos empeñarnos en que el espíritu de la Navidad dure los doce meses de un año. (O)











