En la segunda mitad del siglo XX dos hechos cambiaron el país para siempre. No fueron “obra” de ningún gobierno. Uno fue la explotación del petróleo amazónico. No debemos este recurso a las dictaduras que gobernaron en los años 70, ni a la operación de las empresas que iniciaron la extracción. Tampoco la modesta contribución de la sociedad ecuatoriana fue un aporte medular. El hidrocarburo estaba allí y había que usarlo, no hay más misterio. Su efecto radical hizo saltar tardíamente al país del siglo XIX al XX, en muchos sentidos.
El otro proceso lo constituyó el surgimiento del movimiento indígena, que se hizo visible en el levantamiento del 4 de junio de 1990. Me refiero a la movilización de la población indígena en muchos ámbitos: políticos, económicos, culturales. No hablamos solo de la Conaie, aunque es fundamental su papel dentro del proceso social de empoderamiento de las etnias originarias. En la actualidad encontramos personas de las naciones originales participando en todos los campos de la vida nacional, desde las universidades a los equipos de fútbol, pasando por las religiones y las fuerzas armadas. Todo a pesar de que subsisten círculos decididamente racistas. Muestra evidente de este cambio es que en las elecciones de 2021 y 2025 han sido factor clave de decisión, pero se pretende ocultar esta realidad. Llorarán, como han llorado, quienes los desprecian.
En los últimos comicios el partido que se denomina multiétnico, con un componente indígena dominante, obtuvo el tercer lugar con una votación que no refleja la medida exacta del poder de esta organización y del movimiento indígena, que van mucho más allá de lo meramente electoral. Está este grupo forzado a decidir entre un populismo de derecha y otro de izquierda. ¿Por cuál debería inclinarse con mayor rédito? Por más que no se pueda englobar en la pobreza del concepto “izquierda” la riqueza de las culturas vernáculas, sin embargo, sus colectivos tradicionalmente se han decantado por ese sector en alianzas tácticas que no les han reportado mucho.
En este momento no se pueden negar los vínculos del sector populista de izquierda con organizaciones delincuenciales y clamorosos casos de corrupción. Siendo terrible, ese no es el único peligro. Ya intentaron cuando estuvieron en el poder, dado su naturaleza expansiva y amorfa, “chuparse” al movimiento indígena para aparecer como representantes de “todo el pueblo”. Lo harán a través del copamiento de las dirigencias mediante prebendas y gratificaciones; o con la creación de una entidad paralela; o con la represión pura y dura. Esta vez procurarán no fallar. Su caudillo, que ha maltratado e insultado a sus líderes, en cuyo régimen hubo operativos sangrientos, no entiende lo que el mundo indígena significa. Por supuesto tampoco lo comprende la derecha; sin embargo, hay más posibilidades de lograr un statu respetuoso con esta tendencia, a la que le conviene un movimiento vigoroso que se oponga al correísmo desde el otro lado. Lo lógico, lo práctico, sería que las organizaciones prefieran sobrevivir en una relación fría y distante con un futuro gobierno, a ser disueltas en la olla de grillos venenosos que representa la alternativa. (O)