Forzado por una restauración arquitectónica he debido trasladar unos cinco quintales de viejas revistas. Mantener este montón decadente de papel ha sido una batalla nunca ganada del todo contra los hongos y los tisanuros (“comejenes”), contra las décadas y el olvido. Aprovecho el cambio para revisar esas publicaciones que abarcan todo el siglo XX. Labor peligrosa, al ver las portadas, los títulos o, peor, al hojear sus enmohecidas páginas, sucumbo a la tentación de leer. Se va el día y apenas he hecho una fracción de lo que me había propuesto. ¡Apena no tener tiempo para una revisión, no diré minuciosa, pero sí detallada de este material! Pero no es una tarea infructuosa, siempre se aprende algo al dialogar con la historia, esa maestra que clama en el desierto.

Así me encuentro con la revista guayaquileña Cocoricó, de julio de 1932, en cuya portada un mapa de las provincias del Ecuador en dos colores, según su preferencia política, muestra exactamente la misma situación que se produjo en las elecciones presidenciales de 2025, salvo el detalle de que en lugar de Imbabura es Carchi la única provincia serrana que acompaña a las costeñas. Sobre esto aparecen las caricaturas de un militar que se trenza con un civil, que representa al fallido presidente Neftalí Bonifaz; la pregunta entonces era “¿quién dividió así al Ecuador?”. No son iguales las circunstancias de hoy que las de hace noventa años, pero asombra que los bandos políticos tengan precisamente la misma situación regional. Sintomático y doloroso.

Repaso un ejemplar de la famosa revista La Calle, dirigida por el polémico periodista Alejandro Carrión, que da cuenta de los asesinatos de dieciocho personas cometidos por la “la gallada de Taura”, que era lo que hoy llamaríamos un GDO, cuya especialidad era el sicariato. Con mejor trato guardo una colección del periódico El Nacional, que en 1847 reporta el combate de tropas comandadas por el coronel Wright con una banda de irregulares más o menos en la misma zona. Estas noticias de ayer ponen en evidencia que violencia en la región es un fenómeno recurrente, siempre atizado por caudillos que medran del miedo. Aquello de la “isla de paz” es una “conseja”, es decir, “cuento, fábula o patraña de sabor antiguo”. No es un mito, que es una expresión alegórica de una verdad.

¿A qué se debe que el regionalismo costeño y serrano, porque los dos coexisten con similares cargas de prejuicios y maldad, no haya podido ser superado en más de dos siglos de república? ¿Por qué debemos enfrentarnos a tiros en oleadas de violencia ciega que se repiten cada cierto número de años? Y no consigno los centenares de titulares de estas publicaciones sobre los casos de corrupción, que han sido el pan de cada día en nuestro país. Vivimos atascados creyendo equivocadamente que los problemas son la falta de ferrocarriles hace un siglo, o la insuficiente generación eléctrica en la actualidad. No, la escasa o inadecuada infraestructura es consecuencia de la mala política, no hemos sabido organizarnos, no somos republicanos, ni siquiera demócratas. Entristecen estos paseos por los callejones de la historia, que demuestran que nos queda tanto por hacer. (O)