Gracias a un feliz encuentro de un profesor universitario y una deportista podemos comprender mejor la hazaña de Neisi Dajomes, que no se ciñe solo al levantamiento de pesas, sino que es un ejemplo de superación humana ante condiciones adversas de todo tipo. La publicación del libro de Álvaro Alemán, Levanta como niña: la historia de Neisi Dajomes (Quito, El Fakir y Marathon, 2021), nos deja también ejemplos para la vida. Alemán relaciona el apellido Dajomes con la antigua élite de mujeres guerreras, las Dajomey, que habitaban en Beni, en la costa occidental del África. Por eso, sobre ella, su testimonio es: “Nunca la he visto rendirse”.

La de Neisi –como la de tantos otros jóvenes, hombres y mujeres que buscan labrar un porvenir– es una historia de desposesión, desplazamiento y precariedad. Sus padres, de origen colombiano, viven permanentes sobresaltos en la frontera colombo-ecuatoriana: aviones que fumigan con glifosato para matar las plantas de coca; el miedo de hallarse bajo fuego cruzado entre los narcoguerrilleros, los grupos paramilitares y el ejército regular; la lucha diaria por salir a flote. Teófilo y Orfelina huyen de Colombia en busca de un mejor ambiente para sus hijas: llegan a Lago Agrio y ahí más tarde nace Neisi. Por la necesidad de un mejor trabajo, Teófilo deja el hogar. Separados sus padres, Neisi se separa también de sus hermanos y primos. Con su madre, que hacía de todo para sobrevivir, vive en el Puyo, después en Shell. Neisi y dos hermanas permanecerán un tiempo en un internado regentado por monjas, en Alausí. La soledad, el rigor del clima y de la disciplina escolar hicieron mella en las hermanas. Abandonan el internado y se van a Fátima, donde las niñas deben realizar tareas de adultas. Entre tantas idas y venidas, en Shell, Neisi empieza a ir al gimnasio de Walter Llerena, donde su hermano Javier entrenaba con las pesas.

El relato de Alemán deja claro la importancia de tener un entrenador competente y honrado. Walter Llerena –hijo, a su vez, de Gustavo Llerena, una de las glorias nacionales del levantamiento de pesas– comprendió el potencial que muy pronto detectó en Neisi y supo guiarla con responsabilidad y respeto. En nuestro país muchos jóvenes se entregan al deporte para tratar de superar las condiciones de pobreza en que viven. A Neisi, y a muchos otros, Llerena les proveyó de una dieta adecuada y de un ambiente doméstico apropiado para estudiar y entrenar. Así ella venció la resistencia de quienes se oponían a que fuera halterista.

A pesar de la politiquería de algunas federaciones deportivas, y del manejo mezquino y tramposo de los estipendios oficiales, Neisi triunfó desde los 11 años, cuando empezó a competir. “Yo creo que desde niña mi sueño era llegar a unos Juegos Olímpicos y obtener una medalla. Chicas, sí se puede. No hay límites, ni roles predeterminados”, dijo. Su vida habla de una superación en la que la persona cuenta, y es que los cambios más trascendentales los prepara uno mismo para sí. Ganarse a uno mismo en el esfuerzo tal vez sea una lección de sabiduría que esta joven, la primera mujer en obtener una medalla olímpica de oro, le deja a todo un país. (O)