Creo que no es una buena idea llamar cuarto poder al periodismo y tampoco decir que somos primos hermanos de los políticos. No tenemos más poder que un artista, un roquero mediocre o un jugador de fútbol de mitad de la tabla. Y de los políticos mejor estar tan lejos como de la peste. Pero tengo que admitir que por algo se dicen estas cosas.
Lo que pasó es que durante unos cuantos años los periodistas fuimos los altavoces del poder. Quizá por eso los políticos, tanto en el poder como en la oposición, se dedicaron afanosamente a seducirnos. Y no solo el poder político: la seducción pasó a todos los que necesitaran mejorar la opinión del público sobre sus personas, sus productos o sus servicios.
Al final, la publicidad retorció sus propios argumentos y la mesa del poder se equilibró con medios de ocasión que vivían más de la amistad con el poder que de la preferencia de las audiencias. Es que descubrieron que a los políticos no les importa tanto las audiencias como el equilibrio del arco político/ideológico en el ring del poder. Pero ese peso era pura ficción, que les sirvió –y quizá todavía– en sus luchas internas, pero no cuando hay que pedir votos a ciudadanos.
Las redes sociales han arreglado bastante este desequilibrio y esta ficción, y eso explica lo que está pasando en las democracias de verdad de todo el mundo.
A ver si me explico.
Pasó que la opinión pública no era la opinión pública sino la opinión publicada. Quiero decir que los periodistas y los medios que la publicaban, no siempre –o casi nunca– eran un reflejo de las mayorías, sino de sus patrocinadores.
No es propósito de esta columna señalar a esos patrocinadores, pero basta con saber que el poder político y económico –gobiernos y organizaciones de todo tipo– corrompieron a muchos medios o sencillamente pagaron, a veces con publicidad y otras con dinero contante y sonante, a falsos periodistas y a muchos medios necesitados de esas subvenciones. Más aún: el negocio de algunos medios que aparecieron en los últimos años no es el periodismo, sino esas subvenciones. Y digo falsos periodistas porque no creo que quien venda su pluma merezca el noble nombre de quienes respetan a rajatabla la verdad.
El resultado fue la opinión publicada. Pero detrás de la opinión publicada estaban las redes sociales democratizando la opinión pública. Porque resulta que con poco o nada de dinero se puede llegar hoy a un público de millones, y con un peso específico real, sobre todo para los políticos: el de los votos de esas audiencias.
Es uno de los signos más notables de esta era que está surgiendo en muchos países de Occidente. No tengo ni idea de cómo va a terminar, pero confío en que la sensatez de los seres humanos se impondrá más al final que al principio del proceso.
Algunos han calificado esta situación como el fin del periodismo. Yo creo que es el principio de un periodismo sin adjetivos, porque lo que se está muriendo es el seudoperiodismo, el corrupto, el ensobrado, el subvencionado, o como lo quieran llamar, que no es periodismo porque no sirve a la verdad. (O)