Eso decía Pedro Restrepo, en su incesante lucha por encontrar a sus hijos que desaparecieron un 8 de enero de 1988. Un 8 de diciembre de 2024 como Estado volvemos a desaparecer niños, y es que ya no son supuestos, una valiente jueza lo determinó así, una desaparición forzada. Cuatro niños del sur de Guayaquil desaparecieron en manos de miembros de la FF. AA., quienes maltrataron y desaparecieron cuatro almas que apenas empezaban su adolescencia. Es que son delincuentes, son malcriados, es que andaban tarde en la calle, es que algo hicieron, es que son pobres, es que son negros, es que somos una sociedad con prejuicios, traumas y aires de nobles opinólogos de lo que no tenemos la más remota idea.

Usted querido amigo lector, que cuando lee esto, aún está mordiendo algo de la cena de Navidad que usted y su maravillosa familia tuvieron, mientras la familia de esos niños estaban rezando que los restos incinerados cerca de la base de Taura no sean los restos de Josué, Ismael, Saúl y Steven. Usted debe entender y llorar por ellos, porque no es en otro lado, es en nuestro país, no son problema de otros, son nuestro problema que como sociedad en enero aplaudimos los excesos –hay denuncias de tortura–, las burlas de las fuerzas militares que respondían al clamor de un circo romano que pedía sangre llenos del hartazgo de un país que sangra por culpa del crimen organizado, ese hartazgo y odio que nos cegó, nos hizo odiar, aporofóbicos, indolentes, nos hizo desaparecer niños inocentes, y tanta es nuestra ceguera que aceptamos el discurso de que estaban delinquiendo cuando los agarraron, les buscamos, le encontramos y les aceptamos una burda justificación. Sí, así de atormentada esta nuestra alma.

¿Pero de quién es la culpa entonces? Se preguntará incómodo mi querido lector, la respuesta es dolorosa. Es culpa del León que sentó un mal ejemplo que hoy aún lo aplauden, es culpa del Abdalá que nos hizo acostumbrar al cinismo, es culpa del Jamil que nos dolarizó los sueños, es culpa del Lucio que vivió en la luna hasta que lo bajaron del helicóptero, es culpa del Rafael que naturalizó la corrupción, es culpa del Lenín y sus fallidas brigadas, es culpa del Guillermo que peleó tanto por el poder y no supo qué hacer con él, es culpa del Daniel y su intento fallido de aplastar las mafias, es culpa del vecino que no le importa más que su supervivencia, es culpa del policía, es culpa del militar que no está preparado para la calle, es culpa suya por asentarnos en una realidad política que no merecemos, es culpa mía, por no gritar más fuerte por las injusticias, es culpa de Dios por abandonar un pueblo, es culpa del diablo por los pecados del egoísmo y la vanidad, es culpa de nadie porque no podemos seguir buscando que otros asuman nuestro fallido intento de ser humanos, es culpa de todos porque no hacemos nada. Es culpa de la pobreza, del hambre, de la corrupción, de los periodistas, de los abogados, de los políticos, de un país en ruinas que en vez de gritar de alegría, ahora tiene que gritar para que los devuelvan vivos, porque amigo lector lo correcto y justo es pelear por nuestros niños, por los suyos, los de ellos, los míos, hasta nuestro último suspiro. (O)