Narco-Estado es un neologismo, una de esas nuevas palabras que se construyen como resultado de los cambios sociales, culturales y tecnológicos. Más allá de su amplio uso, no existe organismo internacional, multilateral o no gubernamental que haya propuesto un sistema de medición o alguna escala.
No así, por ejemplo, el índice de “Estados fallidos”, concebido por el Fondo para la Paz, presentado anualmente en la prestigiosa revista Foreign Policy. Este considera un total de 12 factores para la asignación del respectivo puntaje. Desde 2014 su nombre fue modificado al de “Estados frágiles”. A pesar de la rigurosidad de su construcción, existen controversias que podrían justificar el intervencionismo. Análogo a este índice, hay una variedad que evalúa la calidad de la democracia, respeto de DD. HH, etc.
En este marco, el artículo “Un viaje por el nuevo narco-Estado del mundo”, de The Economist, despertó en el país reacciones de todo orden. Sin dudas la situación del país conlleva profundas debilidades institucionales y una amplia penetración del crimen organizado, cuya expresión proviene mayormente del narcotráfico. El afluente interminable de palabras que usan el prefijo “narco”, impulsada por varios actores, ha proliferado. Así narco-política, narco-juez, narco-indígena, narco-Asamblea, narco-general, narco-lancha y un largo narco-etcétera son parte del vocabulario narcotizado que hoy muchos usan con naturalidad. Lo único cierto es que quienes han abundado el uso de estas palabras, en gran medida con intereses políticos, se rasgan las vestiduras reclamando que es impreciso y tendencioso el calificativo. La buena noticia es que se trata de una apreciación personal del periodista, la mala es que con este apelativo o no, la realidad actual es incierta.
El uso del prefijo “narco” a cualquier objeto de estudio no profundiza explicación alguna, menos si se trata de una categoría sin dimensiones objetivadas. El reportaje no referencia el anuncio presidencial de la existencia de 2.000 hectáreas de plantaciones de coca, situación que colocó discursivamente al país como un gran productor. Su anuncio se hizo sin procesamiento técnico. De haberse comprobado tal aseveración, esta hubiera sido la cereza del pastel. El aplomo y solvencia del general Zárate, comandante de la Policía, es digno de reconocer, al aseverar que apenas se han encontrado 7 hectáreas.
La pretendida venta de “chatarra” rusa, de material bélico que no estaba en esa condición, fue una de las declaraciones que el Gobierno hace sin mínima reflexión. Hubo un mutis generalizado, evidenciando que las ideas se procesan por quien las dice o a quien le “chante”, no a su contenido. ¿Y si el calificativo de narco-Estado se lo atribuía a otro gobierno? Pues la defensa de la “patria” se hubiera inclinado hacia otra dirección. El problema del lenguaje no es el mayor en esta apreciación simplificada de la realidad del Ecuador: narco-Estado. Es momento de generar consensos sobre el tratamiento de la violencia en el país; la tiktokcracia seguirá –desde todos los sectores– como mecanismo para despertar las emociones, las más primitivas si es posible; jamás las ideas, cuyo instrumento fundamental no son imágenes, sino la palabra. (O)