El príncipe de Nicolás Maquiavelo contiene una serie de consejos para quienes pretendan mantener el poder político. El gran mérito de la obra es describir antes que prescribir. Maquiavelo sostiene que los hombres no son los que dicen sino lo que hacen y que la teoría política debe tratarse más sobre lo que ocurre que sobre lo que debería ocurrir, pues “hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su preservación”.
Nuestro príncipe lleva un año en el poder. Algunas de sus acciones han seguido los consejos de Maquiavelo, pero otras los han ignorado.
Una primera lección de El príncipe es que, si el gobernante ha de hacer reformas que afecten al pueblo, debe hacerlas al principio de su gobierno y todas de golpe. Escribe Maquiavelo que “las injusticias se deben hacer todas a la vez a fin de que, por gustarles menos, hagan menos daño”. Buena idea hacer ajustes fiscales, como subir el porcentaje del impuesto al valor agregado, al principio del gobierno. Mala idea esperar más tiempo para crear nuevos impuestos o subir los ya existentes.
Una segunda lección es procurar, en todo momento, el debilitamiento del enemigo. “Quien propicia el poder de otro, labra su propia ruina”. Buena idea atacar frontalmente al correísmo. Mala idea buscar un pacto. Lograr una alianza fue necesario para que se aprueben algunas leyes, pero vino al costo de entregar espacios de poder.
Una tercera lección es afrontar los problemas inmediatamente y no esperar a que se agraven. Las cosas no se resuelven solas. “No se debe jamás permitir que continúe un problema para evitar una guerra porque no se la evita, sino que se la retrasa con desventaja tuya”. Buena idea hacer la guerra al crimen organizado. No lo sabemos con precisión, pero tal vez el consejo no se observó a propósito de la crisis energética.
Con todo, la lección más importante de El príncipe es que un gobernante debe preferir ser temido a ser amado, pues “es mucho más seguro ser temido que amado”. Maquiavelo añade que “debe, no obstante, el príncipe hacerse temer de manera que si le es imposible ganarse el amor, consiga evitar el odio”; y, aclara que un gobernante se gana el odio del pueblo si afecta los bienes de la gente, pues “los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”. Díficil balance, por cierto, el de ser temido sin ser odiado.
Parece que nuestro príncipe sigue a Maquiavelo. Varias de sus acciones en contra de sus enemigos políticos demuestran que prefiere ser temido a ser amado. Y, tal vez, esa es la única forma en que puede gobernarse este país. Con todo, si el príncipe quiere concretar su plan de gobierno y consolidar su poder, Maquiavelo aconseja evitar el odio popular con afectaciones al patrimonio de la gente. (O)