Que la comunidad espere una feria de libros cada mes de septiembre, es un logro conquistado por el esfuerzo y la perseverancia. La que cerramos el domingo pasado parece haber atendido las expectativas de toda clase de trabajadores del libro. Afirmo solamente “parece” a costa de las palabras de apoyo, alegría y estímulo de los asistentes, pero cada uno debe tener su particular opinión.
Dentro de la plataforma comercial, las librerías sacarán sus cuentas y justificarán los materiales que expusieron. Todavía no podemos ofrecer los títulos de todos los invitados internacionales y nacionales: el impacto que produjo la personalidad intensa y comunicadora de la cubana Elaine Vilar Madruga no pudo ser ratificado con sus novelas; yo acompañé a una colega a buscar la pieza del manabita Jeovanny Benavides que, con mi columna en mano, buscaba Las palabras del aire vacío, y no la encontramos. Accidentes que se repiten en el azaroso mundo de los libros.
Las reuniones para hablar de todo lo que se publica frente a sus autores, o de temas que merecen recordarse y avivarse, dependen de la asistencia del público. Si atendiéramos solamente las franjas de horarios que van de las cinco de la tarde a las 9 de la noche, solo cabrían 15 o 16 mesas o coloquios en la feria. Poco para lo que puede celebrarse por aniversarios o intereses que el año ha acuñado. En esta ocasión sufrimos el bache que supuso el anuncio del apagón –que no se cumplió– que desmoralizó la asistencia de la noche del miércoles. Y la alternancia con las presentaciones de libros –esas que todo autor puede contratar– nos boicotea nuestra propia programación. Gajes que hay que torear y convencer al público de que no se puede verlo todo.
Cuando se escucha a un autor cuya obra se ha leído, la experiencia tiene que romper los prejuicios que habíamos construido en nuestra mente: el escritor puede ser simpático o lacónico, estar en un mal día, flotar de entusiasmo. Eduardo Sacheri dio un par de rodeos, Guillermo Arriaga abundó en nociones ampliatorias de sus novelas, hasta sostuvo una afirmación que podría generar discusiones teóricas: “Toda novela es una hipérbole”. La presencia de numerosos graduados de la carrera de Literatura de la Católica, con la visita de Ojeda y Ampuero, nos permitió una familiaridad juguetona que fue auténtica alegría, aunque las obras que hayan escrito nos remitan al dolor y sus consecuencias.
Los niños que departen con María Fernanda Heredia jamás son defraudados. Los estudiantes del Alemán, que compitieron internamente ilustrando un cuento de Béjar Portilla pudieron mostrar el cómic que nació de esa iniciativa. Los universitarios poblaron las salas de Bazterrica, Báez y Rodríguez. La conferencia del ufólogo tuvo mucha acogida. Aunque por allí un editor nos diga que hemos “usurpado” la feria, como si cada institución que así lo desee no pudiera organizar la suya (lo hacen las universidades de las Artes y Casa Grande). Bueno sería que más frentes se volcaran a llamar la atención sobre el libro y a motivar a leerlos desde el placer y el convencimiento. A veces los mismos que proclaman amor por la lectura, apegados a los celulares reenviando información de Facebook, me llevan a interrogarme sobre en qué momento leen y escriben. Que vengan muchas ferias. (O)