Decía George Clemenceau que es más fácil comenzar una guerra que acordar la paz. Después de todo, él vivió el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, así como las complicadas negociaciones de paz que llevaron a firmar el tratado de Versalles en 1919. Los ejemplos abundan, y Ucrania no será una excepción. En especial, si no se siguen elementales reglas de negociación diplomática como es la de no ser el primero en hacer concesiones y jamás negociar en público. Trump ha cometido ambos errores. Se adelantó en hacer concesiones, que parecían más bien obsequios, al dictador Putin, y no ha cesado de usar escenarios públicos para expresar sus posiciones. El más reciente espectáculo tuvo lugar en la oficina oval de la Casa Blanca, que terminó en una crisis. Aunque era cuestión de tiempo.
Desde hace unos meses, los nuevos mandatarios estadounidenses han asumido posiciones por las que difícilmente el presidente de Ucrania podría agradecerles. Invitarle a Washington para decir que Ucrania inició esta guerra y que él –no Putin– está jugando con la Tercera Guerra Mundial, es como haberle dicho a Polonia que por culpa suya Hitler la invadió y que ella es la responsable de la Segunda Guerra Mundial. Tildarlo de dictador a Zelensky y de estadista a Putin. Repetir la narrativa rusa de que la invasión a Ucrania se justifica por la expansión de la OTAN, ignorando que la pretensión de Moscú de dominar a Ucrania data de mucho antes de la creación de la OTAN, y que solo es un pretexto. Sostener que Estados Unidos es quien más ha contribuido a la defensa de Ucrania, cuando en realidad son los países europeos los que en su conjunto han llevado el mayor peso. Pedirle que crea sin más en la palabra de Putin, olvidando que este violó los acuerdos de no agresión de 1994 y 2019. Exigirle que no critique a Putin, al responsable de haber asesinado a miles de sus connacionales y permitido que sus tropas cometan crímenes de guerra. Decirle que acepte nomás que Rusia se quede con el territorio anexado por la fuerza y que encima Ucrania no ingresaría a la OTAN. Y así por el estilo. Después de tres años de enfrentarse a la maquinaria bélica rusa hasta llevarla al punto del colapso, le dan sermones de gratitud. En dos meses la administración Trump nada ha hecho por Ucrania. Toda la ayuda militar fue negociada por Biden y asignada por el Congreso anterior.
Lo sucedido en Washington, un episodio bochornoso que avergüenza a la conciencia civilizada, es la punta del iceberg. Estados Unidos parece no estar dispuesto a ser el líder de un orden internacional basado en el derecho, la defensa de la democracia, el libre comercio y el respeto de la integridad territorial de las naciones. Su presidente cree que él no necesita de aliados ni instituciones o tratados. El garrote habría reemplazado a la la razón. Parecería que poco le interesa la seguridad de Ucrania o Europa, sino tratar con hombres recios como Putin para repartirse el mundo como una torta. Así Zelensky se hubiese humillado, nada hubiese logrado.
Una paz que se firma imponiéndole condiciones denigrantes al vencido, como es la que se le quiere imponer a Ucrania, es la semilla de una nueva guerra. Sucedió con la paz de Versalles en 1919 cuando obligaron a Alemania a arrodillarse, y el resultado fue una nueva guerra. (O)