En nuestro país ya no cabe discusión sobre la incompetencia de los organismos estatales para garantizar la seguridad ciudadana. Sin ánimo de acusar a ningún ente o instancia pública, lo cierto es que tanto el crimen organizado como la delincuencia común sobrepasan ampliamente la capacidad de atención y respuesta del Estado a pesar de los esfuerzos aislados que se hacen.
Apuntes sobre lo necesario: crimen organizado e integración regional
Las razones que tenemos en mente para explicar este fenómeno pueden ser muchas: la falta de recursos, la corrupción, el miedo, la escasa coordinación de los distintos estamentos y mil etcéteras. Tal vez, materia para otra reflexión.
Lo más grave que hoy quiero resaltar es la actitud que hemos asumido los ciudadanos como espectadores y protagonistas de esta novela. Los ecuatorianos hemos decidido aceptar, normalizar y conformarnos con esta realidad que nos ha invadido.
Hemos tomado una situación inaceptable y la hemos convertido en cotidiana sin ningún rubor. Y en ese peligroso camino justificamos lo injustificable, como por ejemplo creer que si se trata de un “ajuste de cuentas entre bandas”, un muerto con antecedentes penales o un sospechoso abaleado, no es nuestro problema.
Lo más grave es que, cuando la sociedad normaliza una situación que debería ser excepcional, deja de pelear por sus derechos. Y como hemos instalado la idea colectiva de que el Estado ya no puede hacer nada. Ahí comienza nuestro error mortal.
Cifras coinciden con percepciones
Si quienes sufrimos en primer plano los embates de la delincuencia nos dejamos ganar por el pesimismo y normalizamos la violencia como una forma de vida, inconscientemente dejamos de presionar a nuestros representantes para que se desacomoden y se pongan a trabajar.
La exigencia como comunidad de una política organizada y coordinada entre el Gobierno y la sociedad civil debería ser irrenunciable. Deberíamos estar indignados, ofendidos e inconformes. Lógicamente nadie quiere ponerse el fusil al hombro. Esa labor no le corresponde al ciudadano, pero sí es nuestra obligación aportar proactivamente como factores de demanda y apoyo. Todos deberíamos estar levantando la voz, reclamando, exigiendo; gremios, sindicatos, asociaciones. Y cuando nos toque también metiendo el hombro en lo que nos sea posible, con acciones concretas en nuestro entorno para contribuir a desarraigar la cultura de la violencia.
La única forma de solucionar un problema de todos es que todos nos involucremos en la lucha, haciendo cada uno lo que le corresponde, y sobre todo exigir a quienes voluntariamente han decidido asumir una función pública, y en función de la cual gozan de las prebendas del poder, hacerse cargo de lo que les corresponde. Digo esto porque en los últimos años el deporte oficial de los Gobiernos es echarles la culpa de todos los males del país a los Gobiernos anteriores, lo cual me lleva a la siguiente reflexión final: ¿es que acaso asumieron tamaña responsabilidad sin conocer a cabalidad los principales problemas que recibían, y lo que es peor, sin contar con un plan serio y bien estructurado para solucionarlos?
El estado de violencia que vivimos no es normal y no podemos permitir que lo sea. (O)