Barcelona Sporting Club ha demostrado los últimos días que es un fenómeno social, capaz de someter los usos y costumbres de quien quiera oponerse. La veneración al fútbol y a la divisa que tienen sus seguidores ha creado el celo hasta de los políticos, quienes se creen los únicos idóneos para aliviar los problemas sociales de una comunidad. El equipo canario les ha dado prueba de que puede conseguir esa conjunción social, hábil para traspasar barreras, para zanjar diferencias de clases, razas y posiciones económicas. Con razón, el sociólogo Marcel Mauss consideraba al balompié como un acontecimiento social absorbente.

El estereotipo del futbolista creado en la imaginación del aficionado enciende pasiones. Y el barcelonista no es la excepción a esa regla lúdica que convierte al jugador en un prestatario de su camiseta gloriosa, para que, desde su acción polisémica, produzca significados variados y realice la visión del hincha. Por eso, el fanático crea héroes y villanos; también olvida aquellos hechos que no debe recordar y perenniza los inolvidables.

Todo este fenómeno provocado por el aficionado de Barcelona antes del partido de desenlace de la semifinal ante el brasileño Flamengo fue admirable, estando conscientes de que era un reto difícil de superar, por el 2-0 en contra en el juego de ida. La esperanza les hizo creer a los hinchas que era remontable, sobre todo por el abolengo que tantas noches inolvidables ha dejado la historia canaria. Asimismo, sabían que en un partido definitorio para llegar a la tan anhelada final de la Copa Libertadores también se requería, a más de la inteligencia emocional, una estrategia inteligente.

Enumero a continuación factores que adornaron el ambiente del partido decisorio:

1) No era adecuado quedarse impresionado porque el poderoso rival tuviera una chequera codiciosa para darse el lujo de reunir afamados futbolistas y creer que esa ventaja era razón para superar a Barcelona tanto de local como visitante;

2) Sobre Fabián Bustos, el reconocimiento de que en estos dos años que está al frente de Barcelona ha podido demostrar con resultados a todos los incrédulos que pensaban que no estaba preparado para dirigir al equipo torero. Las estadísticas dicen que en 2020 pudo conseguir el campeonato de Ecuador, en el memorable partido en el estadio Rodrigo Paz Delgado, y luego quedar primero en la fase de grupos de la Libertadores 2021, superando a elencos poderosos, para terminar entre los cuatro mejores equipos del torneo.

3) El hecho de que Barcelona haya realizado una Copa para el aplauso, eliminando en su recorrido a linajudos rivales como Boca Juniors, Vélez Sarsfield, Fluminense y Santos, no nos puede hacer olvidar de los errores que se cometieron y pasaron facturas muy caras, que cortaron las aspiraciones de clasificar a la final y con eso plasmar ese sueño añejo de ganar la Libertadores.

El principal error que condenó a los toreros fue la falta de efectividad de sus atacantes.

La imprudente actuación defensiva, sobre todo en Río, que permitió que el Flamengo consiguiera los dos goles en acciones de contragolpes confirmó los errores de ubicación en ese sector del equipo. Había en frente un rival que poseía una ofensiva devastadora cuando se lo permitían. Y Barcelona dio licencia para que, en jugadas similares, le conviertan cuatro goles en la serie.

En 35 partidos este año, Barcelona alineó muy pocas veces a sus dos centrodelanteros, Gonzalo Mastriani y Carlos Garcés. A Bustos se le ocurrió improvisar esta fórmula con el propósito de ser más ofensivos, pero se equivocó cuando marginó al enganche, lo que en la disputa de la Libertadores no había hecho. De los once partidos que disputó el equipo canario, una vez usó el técnico a Gabriel Cortez; y el resto, a Damián Díaz. Importante error cometido lamentablemente en el partido más importante de la campaña, algo que se lo pudo claramente observar durante el transcurso del primer tiempo.

Byron Castillo, cabizbajo por la eliminación de Barcelona. Foto: EFE

El mea culpa del entrenador fue incluir al 10 en el segundo tiempo, cuando el Fla había quemado las naves del dueño de casa. La exclusión de Díaz desde el inicio del partido fue sinónimo de que Barcelona se lanzó por ese objetivo soñado a la desesperada, sin la inteligencia táctica indispensable. Renunció a jugar; sin pausa y sin el experto que tanto requería. El doble 9 con Mastriani y Garcés, y la postergación del volante creador, conllevaron la infructuosa apuesta de Bustos: un fracaso advertido. No es mi afán exaltar a Díaz, veterano de batallas, en el sentido de que su sola presencia iba a materializar la hazaña. De lo que sí estaba convencido era que sus atributos iban a coadyuvar a poner más intelecto que músculo.

El fútbol, como la vida, permite que se viren las páginas con mayor rapidez según las sensaciones que deje, unas con más prisa que otras. Por ejemplo, esta Libertadores para el balompié ecuatoriano dejó claro que es inconmensurable el afecto popular por Barcelona. Queda también el registro histórico de que un equipo de nuestro país estuvo entre los cuatro grandes sudamericanos. Y, como anécdota, que el público regresó al estadio de los canarios después de 574 días de ausencia, un presagio de que comenzamos a reconquistar la normalidad, afectada por las tribulaciones de la pandemia de COVID-19.

Las páginas negras las virarán rápidamente para evitar remordimientos y frustraciones, que son diversas, como el lucro cesante sufrido y la postergación de conseguir la gloria de ganar la Copa Libertadores.

Tal vez, con el pasar del tiempo, recordaremos las sentidas lágrimas de Díaz al final del juego en Guayaquil. Solo él sabe qué las provocó. Me imagino que el pesar de saber que difícilmente se le presentará otra oportunidad de disputar una final continental con la divisa canaria. Empero, también esas lágrimas pudieron representar el reproche que siente todo deportista que se cree útil para la causa al ser privado de poder ofrecer un contingente que tanto requería el equipo en un partido clave, o quizás por el pretexto de una molestia física no declarada ni comprobada. ¿Quién sabe el porqué del expresivo llanto del 10? Solo él. Y tal vez guarde silencio para que tome vuelo la interpretación del aficionado.

Desde mi punto de vista, la oportunidad fallida de llegar a la final es dolorosa, aunque goza de mitigaciones. El hecho de llegar a una semifinal en un torneo tan competitivo también genera reconocimientos, que serán transitorios y quedarán para las estadísticas. Para algunos, el saldo positivo es suficiente, mientras que para muchos termina siendo una ilusión frustrada.

Me quedo con la euforia que genera el Ídolo del Astillero. Su esencia popular se la pudo demostrar nuevamente. En esos momentos hemos comprobado que Barcelona exhibe rasgos subjetivos, pero que son universales. También se exponen aquellos que vienen del arraigo popular y la pasión a muerte por sus colores. Por eso yo no llego a entender al escritor Jorge Luis Borges cuando afirmaba que “el fútbol en sí no le interesa a nadie, porque despierta las peores pasiones y es popular; porque la estupidez es popular”. Con permiso y respeto a su brillante trayectoria, me permito decirle que ha estado equivocado, maestro Borges. (O)