Ayer viernes 8 de octubre, el artista dauleño Héctor Ramírez Ortega falleció debido a complicaciones derivadas de un cáncer (mieloma múltiple) que le fue detectado hace algún tiempo, por lo cual recibía quimioterapias ambulatorias en Solca.

El velatorio será hoy en su residencia y taller ubicado en el ingreso a Playas, donde residía vivía desde hace 30 años (km 1 de la vía Playas-Guayaquil, frente a la clínica Pacífico). Y a las 15:00 sus restos serán trasladados a Jardines de Esperanza (Guayaquil) para su cremación.

“Que en nuestras mentes y corazones prevalezca el color de su arte, su singular sonrisa y la libertad con la que sentía la vida”, indica el mensaje digital que circula entre familiares y amigos para anunciar esta lamentable noticia, que encuentra cierto consuelo al conocer que, en ese difícil momento, Héctor estuvo en su hogar acompañado del amor de su familia.

Ramírez, de 68 años de edad, estaba casado con la española Lola Pérez, con quien tuvo dos hijas: Natalia y Celia. Sus hijos de un anterior compromiso son Pablo César, Carolina y Valentina.

El artista plástico dauleño Héctor Ramírez en su taller en Playas.

En una anterior entrevista concedida a este Diario, este respetado artista recordó que comenzó a dibujar cuando era un niño de 7 años que iba a veranear a Playas, su eterno destino de descanso. Más tarde, estudiando en el colegio Vicente Rocafuerte, participó en un concurso interno con una témpera que le gustó al profesor y pintor Theo Constante, quien lo matriculó en Bellas Artes. En 1973 ganó el Primer Premio de Artistas Jóvenes en el Salón de Octubre.

“Hay gente que se vuelve artista después de una profunda reflexión de qué quiere ser. Hay otros que se preguntan por qué fue. Yo nunca reflexioné qué quería ser y viví directamente”, manifestó Ramírez, quien a eso de los 18 años de edad se mudó a Colombia para desarrollarse en esta actividad, residiendo por temporadas en las ciudades de Medellín, Cali, Bogotá, Cartagena y, finalmente, en Pereira. Pero en 1978 realizó en el Museo Municipal de Guayaquil su primera exposición individual, recuerda su amigo el galerista Mirko Rodik, quien fue el curador. “También hicimos una exposición en Panamá... Otra en Costa Rica. Él viajaba mucho con sus cuadros”, menciona.

Durante esos 17 años en Colombia su estilo migró del realismo hacia el abstraccionismo puro, el cual siguió explorando cuando regresó a Ecuador en 1985. Sin embargo, tres años después se mudó a España, donde se dedicó a pintar exclusivamente para galerías. “Hasta esos años yo era un defensor de lo latinoamericano, de lo inca, de lo maya, pero ya no le veo sentido. Todos somos seres cósmicos. Todos somos uno solo”, dijo.

En 1992 retornó definitivamente a nuestro país para radicarse en Playas, donde funcionaba su galería personal. “Héctor tenía muy arraigado el Ecuador, la playa, no aguantaba el frío (de Europa)”, indica Mirko. Allá en Playas, cerca del océano, siguió desarrollando su mundo abstracto con un estilo auténtico construido mediante colores que, según indicó, “parecen en desorden, pero tienen estructuras para sostenerse”.

Su legado permanecerá contundente en su abundante obra, mientras que su amoroso recuerdo acompañará siempre a sus familiares, amigos y todos quienes llegaron a conocerlo. (I)