Por Marcelo Báez Meza | Escritor y crítico de cine

El ladrón de levita (Planeta, 1989; Campaña de lectura Eugenio Espejo, 2008; Biblioteca Municipal, 2018) es una novela corta de Jorge Velasco Mackenzie (1949-2021) sobre la vida y obra de Enrique Mora Martínez, célebre delincuente que operó en la Costa y Sierra ecuatoriana durante los años sesenta y setenta del siglo pasado.

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A través de un monólogo dividido en cuatro partes, la voz del ladrón da cuenta de su traslado a un hospital después de haber sufrido un ataque cardiaco. A la manera del Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, la voz narrativa cuenta su historia en dos planos: el presente en el que es atendido por los enfermeros en una ambulancia y el pasado del cual recupera su historia vital, familiar y sus principales delitos.

Prosa fluida, poética en muchos pasajes, con reflexiones sobre la vida y la muerte, la homosexualidad y la moralidad cotidiana. Esta ética del que delinque recuerda a Diario del ladrón, de Jean Genet, que también reflexiona sobre la vida del encierro tanto interior (introspección moral) como exterior (el preso que purga una pena o el paciente intervenido quirúrgicamente en el caso de la novela que nos ocupa). La trinidad (así la llama el narrador) conformada por el asesino, el ladrón y el homosexual está construida de manera verosímil y recupera una marginalidad bien dibujada en una novela previa del autor, El rincón de los justos (El Conejo, 1983).

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Un hálito bíblico (producto de la migración judía al Ecuador) atraviesa toda la novelina dando cuenta de la fundación de pueblos con nombres como Palestina, Jordán, Yumes y Tebas. Antonieta, la hermana del protagonista, está siempre flagelándose, convirtiéndose en una especie de Narcisa de Jesús Martillo y Morán. Hay también una crítica al patriarcalismo, al prejuicio contra el otro, a los medios de comunicación que ven al sujeto noticioso como una presa. La levita aparece como un doble símbolo: el de disfraz del antihéroe (una especie de capa) y el de sábana mortuoria (sirve para cubrirlo después del último aliento).

Un relato paralelo es el de las constantes alusiones a Carryl Chessman, un asesino en serie que fue ejecutado en la silla eléctrica. La voz narrativa se identifica constantemente con el homicida que dejó escritos tres libros. Este dato convierte al Enrique Mora Martínez, de Jorge Velasco en un cronista que da cuenta de su propio destino.

Uno de los guiños de la novela es la aparición como personaje de Miguel Donoso Pareja, coordinador del taller literario donde el autor terminó de formarse. El protagonista se encuentra con Fernando, “el preso político al que se le hincharon los ojos cuando salió a la luz después de más de un año de encierro”. El reo le relata algunas historias: “como la del hombre que mataba a sus hijos, o la historia del mar del nunca más; nos sentábamos alrededor suyo junto al negro Henry Black que me recordaba a Chavico. Fernando nos describía a Gudrum, una mujer que tenía algo de todas las mujeres; lo iba explicando todo con su voz pausada mientras se acariciaba su barba de chivo. Yo pensaba si acaso no podría ser un Gudrum varón, alguno que tuviera algo de todos los hombres (…)”.

La novela de Velasco sigue más actual que nunca treinta y dos años después. El autor se adelanta a toda una literatura queer con descripciones de miembros, encuentros corporales homoeróticos, más un entendimiento cabal de “ese amor que no se atreve a decir su nombre”, como decía Óscar Wilde. Un libro para todas las épocas. (O)