César Silva siempre fue un aficionado a la agricultura. Tenía un trabajo de oficina hace cinco años cuando comenzó su investigación sobre biocultivos. Puso su interés en los hongos y el conjunto de filamentos que crece en la mayoría de estos seres: el micelio.

Los hongos forman parte del reino funghi. No son plantas y están más cercanos al reino animal que al vegetal. De las más de 100.000 especies de hongos que se estima que existen (aunque algunos científicos aseguran que se sobrepasa el millón de especies), Ponce eligió cultivar el hongo reishi (Ganoderma lucidum).

Realizó paseos por algunos bosques del Ecuador hasta que encontró su hongo soñado en un lugar en Guayaquil. El reishi es un hongo duro de forma arriñonada que puede tener varios tonos, como naranja, café rojizo o morado. Es conocido principalmente por sus propiedades antioxidantes y bactericidas.

El hongo reishi no se puede comer directamente porque es duro, para consumirlo se procesa hasta hacer un polvo. Foto: Diana González

Después de un año de ensayos, con la ayuda inicial de un agricultor, y aplicando “el prueba-error”, según cuenta, pudo cultivar reishi en espacios interiores. Cuando el invernadero estuvo listo, Silva decidió que sus hongos servirían para dos cosas: crear embalajes y consumo humano (no se come directamente, sino procesado). Otra porción menor es utilizada para elaborar jabones; él entrega la materia prima para que se fabriquen en Loja.

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Empaques ‘bio’

Biofábrik es la empresa que se encarga de elaborar embalajes biodegradables, producto con el que ganó el Premio Latinoamérica Verde, categoría residuos sólidos.

Está fabricado de micelio de hongo reishi y de aserrín de proveedores locales, para fomentar la economía circular.

Fundas en las que hay aserrín y crecerá micelio, para formar la pasta de los embalajes. Foto: Diana González

El aserrín es triturado, lavado (hasta un punto determinado de hidratación) y esterilizado para poder ser colocado en bandejas junto con una pequeña cantidad de micelio, que en dos o tres semanas crecerá en grandes cantidades, dándole a la mezcla un color blanquecino.

La pasta de aserrín y micelio que luego hay que 'romper' y volver a mezclar. Foto: Diana González

Luego de eso, se ‘rompe’ esa especie de pasta y se vuelve a entreverar para ser colocada en los contenedores que ya tienen la forma de las piezas. “El micelio es como el cemento, las finas fibras entran por todos lados y compactan cada embalaje, pega y da dureza”, explica Silva.

Esas estructuras pueden servir para embalar muebles, televisores, refrigeradores y otros electrodomésticos. Sin estar en contacto directo con el ambiente pueden durar un par de años, caso contrario, empiezan a degradarse en seis meses. Los embalajes de espumafón, por ejemplo, tardan 500 años en degradarse.

Actualmente, Biofábrik envía estas piezas a tres mueblerías del país. Antes de la entrega, son pintadas de blanco porque son requerimientos estéticos de las empresas.

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Con este método, Silva también ha fabricado bloques y paneles.

El invernadero

La segunda parte del emprendimiento es el invernadero, que funciona en dos compartimientos. En un pequeño cuarto esterilizado con luz UV, César Silva ‘cría’ los hongos reishi en pequeñas placas de vidrio, los pasa a un estado líquido y los reproduce.

Cuenta que, tras sus estudios empíricos, se dio cuenta de que el cultivo de hongos depende de cada clima, pues son seres muy sensibles. Aunque el mayor porcentaje de hongos ecuatorianos se cultiva en la Sierra, Silva explica que el clima de Guayaquil es más amigable con ellos: “La semilla de la Sierra no me funciona muy bien (…), los hongos en Guayaquil no necesitan demasiado cuidado, no soportan el frío, en la Sierra tienen que cubrirlos o regular su temperatura, porque a menos de 15 grados se mueren”.

En el piso inferior de su fábrica ubicada en el barrio Santa Adriana de Guayaquil está el lugar de crecimiento. En unas estanterías metálicas están puestas las fundas donde nacerán los reishi.

Cuarto donde crecen los hongos a temperatura ambiente en Guayaquil. Foto: Diana González

Los hongos son brillantes y duros al tacto, como un caucho. Como no se pueden comer así hay que procesarlos para crear un polvo, que sirve para infusiones o para agregarlo a otras comidas.

Según la cultura oriental, el reishi sirve para alargar la vida. En China lo conocen como el hongo de la inmortalidad y lo usan en la milenaria medicina tradicional. La ciencia occidental lo considera un adaptógeno, un alimento que regula el metabolismo, ayuda a reducir el estrés y la fatiga, además de optimizar el descanso y la recuperación del cuerpo; además es antioxidante y beneficioso para el sistema inmunológico y circulatorio.

Para Silva, lo difícil del cultivo es que la gente no está acostumbrada a su consumo y el corto tiempo de vida de esta especie. “Necesitas venderlo rápido porque tiene una vida corta. No es tan llamativo porque se golpea, se pone oscuro (…). Además, los productores a veces no alcanzan a venderlo (…). Estamos trabajando en la elaboración de algo de consumo fácil, como una vienesa u otro embutido “, explica. (I)

Los hongos antes de ser procesados y envasados. Foto: Diana González