“Yo asociaba matemáticas con dolor”, dice recordando su infancia la escritora española Begoña Ibarrola, una de las invitadas al II Congreso Internacional de Educación: Crisis, creatividad y transformación educativa, realizado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y coordinado por Victoria Palacios Mieles, doctora en Innovación educativa y aprendizajes a lo largo de la vida.

¿Qué se le viene a la mente a usted cuando piensa en esas clases de caligrafía, de ciencias naturales o de geometría? Ahora piense en las reacciones que tienen sus hijos ante la idea de ir a la escuela, dar exámenes, dar una exposición o sentarse a hacer las tareas.

La motivación del alumno determina su habilidad para aprender, dice Ibarrola, quien llama esto la disposición emocional, la actitud con la que los niños y jóvenes se acercan al aprendizaje y a los contenidos que les ofrecen sus maestros.

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“La neurociencia ha descubierto que para aprender no activamos solamente la corteza cerebral, sino también el factor afectivo. El docente puede tener una clase magníficamente preparada, una capacidad de comunicación fabulosa, pero no podrá provocar el aprendizaje a no ser que el cerebro del alumno se abra, y eso es algo a lo que no se lo puede obligar”.

El profesor debe saber que trabajará con ese binomio emocional-cognitivo, “una moneda de doble cara, inseparable la una de la otra, así es mi cerebro”, ilustra Ibarrola, terapeuta infantil conocida por sus numerosos títulos dedicados de la colección Cuentos para dormir, pero también por los volúmenes para padres y maestros, entre los que destacan Aprendizaje emocionante e Inteligencias múltiples.

El buen estado emocional de sus hijos no solo significa que tendrán buenas notas al final del quimestre, sino que su cerebro, bien equilibrado, podrá tomar mejores decisiones de vida, tener autocontrol, diferir la gratificación y por tanto alcanzar logros más significativos a largo plazo, y jerarquizar los valores. “Las emociones son las guardias, abren o cierran la puerta del aprendizaje, y como líderes podemos provocar las ganas de aprender y la acción positiva”, o todo lo contrario.

Ibarrola habla de cuatro momentos en la educación de los niños. En la etapa inicial, se motivan a aprender algo por curiosidad e interés. En la etapa intermedia, deben emplear la perseverancia, estudiar aunque les cueste o aunque no tengan ganas. Luego está la etapa de los obstáculos, cuando se equivocan y tienen que empezar de nuevo, y sienten frustración porque hay algo que no pueden dominar. Y la etapa final, en la que muchos se chocan, es cuando deben demostrar lo aprendido, es decir, en los exámenes.

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“Aquí hay alumnos que se quedan en blanco por un exceso de ansiedad, una de las emociones que más dificulta el aprendizaje, porque bloquea el acceso a la memoria”. El niño estudió, pero se bloquea frente a la prueba, y no puede usar eso que ha adquirido con tanto esfuerzo.

¿Por qué se bloquean los niños en los exámenes?

La respuesta está en el bienestar. Todas las experiencias de aprendizaje pueden ir unidas al placer o al dolor. Los niños necesitan dos condiciones; primero, un aula donde pueda sentir calma y confianza, y segundo, no estar expuesto al estrés fuera del aula.

El aula en calma no es aburrida, sino un lugar donde, después de absorber un contenido o un texto, hay lugar para la reflexión y el interés, una emoción que provoca conductas de exploración, dice Ibarrola, en las que los alumnos buscan aprender por sí mismos y vuelven a sus maestros con preguntas. Es más que la curiosidad, es un comportamiento motivado para alcanzar una meta: aprender, concentrarse, investigar.

Entonces, antes que hablar de estudiantes vagos, Ibarrola piensa en estudiantes con falta de motivación y, por tanto, de interés. Y también en estudiantes a los que les hace falta sentirse bien en el aula, lo cual es un derecho de docentes y alumnos, un derecho que se gana al contribuir al bienestar de los demás. Esto es participación.

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Cosas que contribuyen al bienestar de todos: no criticar y no juzgar, instaurar el respeto en clases. “Así hay confianza para equivocarse. Queremos estar bien aquí, vamos a pasar muchas horas juntos, pues tenemos unos mínimos para eso, y entonces hay que decir qué valores queremos implementar en nuestros grupos para aprender de forma relajada y que a nadie le importe equivocarse, porque no van a reírse de él”.

Los asistentes al congreso ahondaron en las maneras de lograr motivación para los alumnos, e Ibarrola sugirió empezar por picar la curiosidad, usando elementos del juego, del gusto de ellos, para explicar contenidos como las matemáticas. Luego, cambiar de estrategia. “Si veo que muchos están desmotivados, puedo poner una meta diferente, para ver si se enganchan”. Hacer esto requiere humildad. “Somos seres humanos trabajando con seres humanos”, y por eso una de las habilidades de los profesores es saber identificar dónde están las emociones de sus alumnos.

“Tal vez sea muchísimo mejor preguntar cómo se sienten y si tienen algún problema”. Los adultos tienen muchos recursos para enfocar su atención en medio de las crisis, pero los focos de motivación de los niños pueden estar fuera del aula, y aquí hacen falta estrategias sociales activas. Preguntar cómo se sienten. Poner música. Usar el humor. “Hazlo cinco minutos, y el resto de la hora es tuyo”.

Esto es el liderazgo emocional de los maestros, ser capaces de transformar el ambiente emocional en el salón de clases, porque su capacidad de influencia emocional es fuerte. “Cuando no eres líder emocional, entras a un aula de alumnos enfadados y te contagias de su enfado”. Las emociones son contagiosas, concede la terapeuta, “pero la clave es quién contagia a quién”.

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Pero no se limita a los educadores. “El aprendizaje es eminentemente emocional, y se da por imitación, por apego con el padre, madre, abuela, profesor, cualquier persona que sea significativa. Si eso está bien asentado, son como los cimientos de un edificio, podemos ir incorporando otros aprendizajes, pero las funciones ejecutivas empezaron a desarrollarse en orden”. (F)