Nacida en La Spezia, Italia, pero ecuatoriana de corazón, esta bióloga de 41 años, con una maestría en Administración Ambiental y múltiples diplomados en Economía Pesquera, Conservación de la Biodiversidad y Negocios Sostenibles, ha encontrado en el océano no solo su vocación, sino también su refugio y motor de cambio. Desde niña, Daniela sintió una conexión profunda con el mar.

La serie El mundo submarino, de Jacques Cousteau, marcó su infancia y despertó en ella el deseo de explorar las profundidades del océano, lo que la llevó a convertirse en buzo y, eventualmente, en una científica comprometida con la protección de los ecosistemas marinos. Su amor por el océano es tangible en cada aspecto de su vida; visitar la playa implica para ella un ritual de tocar el agua con los pies y sentir la espuma del mar en la palma de la mano. Su lugar favorito para desconectarse y disfrutar de la naturaleza es Ayangue, en la provincia de Santa Elena.

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Una de los pasatiempos favoritos de Daniela es bucear y estar rodeada de los peces. Foto: Cortesía

En el ámbito profesional, Daniela ha enfrentado grandes desafíos, especialmente en la lucha por dar visibilidad a la educación ambiental en Ecuador y la región. A lo largo de su carrera, ha combatido la percepción errónea de que los cambios de hábitos en la población toman décadas o que la educación ambiental es una simple charla sin impacto real. Su trabajo ha demostrado lo contrario, logrando posicionar la educación marina como una herramienta clave para la conservación del océano.

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Como parte de esta misión, en 2018 fundó la organización Amiguitos del Océano, con el objetivo de empoderar a las comunidades costeras a través de la educación y la cultura oceánica. Inspirada por una experiencia con su hija y sus compañeros de clase, Daniela identificó el poder de los niños como agentes de cambio en sus hogares y comunidades. Con un enfoque basado en la exploración y la conexión emocional con el mar, su metodología ESRA (Explora, Siente, Reconecta y Actúa) ha permitido a miles de personas comprender la importancia de la conservación marina desde una perspectiva vivencial.

Con la organización Amiguitos del Océano ayuda a varias comunas costeras del país. Foto: Cortesía

El impacto de Amiguitos del Océano es notable. Hasta la fecha han trabajado con más de 19.000 personas en 38 comunidades costeras, principalmente en Santa Elena. Sus esfuerzos han permitido la recolección de más de 15 toneladas de residuos en playas, bahías y fondos marinos, además de involucrar a más de 4.000 voluntarios. Asimismo, han logrado medir cambios de comportamiento en cientos de personas, incluyendo niños, pescadores y trabajadores del sector turístico, promoviendo la reducción del uso de plásticos desechables y mejorando prácticas ambientales en las comunidades.

Trabajo social del equipo que conforma Amiguitos del Océano. Foto: Cortesía

Uno de sus mayores logros ha sido la inclusión de la cultura oceánica en la Estrategia Nacional de Educación Ambiental del Ecuador y en la agenda de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos (UNOC3) en Niza, Francia. Este hito refleja el impacto global de su trabajo y su lucha por posicionar la educación ambiental como un pilar fundamental en la conservación marina.

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Para Daniela, el mayor problema ambiental que enfrenta el océano hoy es la desconexión y la falta de empatía de las personas con la naturaleza. Está convencida de que, si las personas comprendieran la importancia del mar como fuente de vida, se generarían cambios significativos en la manera en que se interactúa con él. Con su trabajo continúa sembrando conciencia y promoviendo una relación más armoniosa entre las comunidades y el océano, con la esperanza de que las futuras generaciones hereden un mar más limpio y saludable. (I)