De la Gran Depresión a la caída del muro de Berlín transcurrieron seis décadas, periodo en el cual Estados Unidos tuvo nueve presidentes: Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter y Reagan. Personajes que condujeron los destinos de la mayor potencia mundial desde su apogeo en la Segunda Guerra Mundial, pasando por su declive que condujo a la derrota en Vietnam, hasta su resurgimiento como vencedora de la Guerra Fría. Inquilinos de la Casa Blanca que gobernaron desde la centralidad de un sistema con balances de poder, tradicional quintaesencia de la democracia americana.

Franklin D. Roosevelt (1882-1945) ganó la presidencia en 1932, al inicio del más largo ciclo de recesión en la historia estadounidense, con un paro que afectó a 13 millones de trabajadores. Como respuesta promovió el New Deal (Nuevo Trato), un paquete de medidas de asistencia social que sirvió para paliar la crisis. Fue el fundador del Estado benefactor, que con su progreso social y moral prevaleció sobre el sálvese quien pueda. Era un hombre de profundas convicciones y dedicación, y de un idealismo a toda prueba. Partidario de mantener la corriente aislacionista durante la Segunda Guerra, se convenció de que no sería factible luego de la caída de Francia en 1940 y, más aún, del bombardeo japonés a Pearl Harbor al año siguiente.

El general Douglas MacArthur, que mantenía rivalidad con él, lo consideraba un hombre cínico: “Jamás dice una verdad si con una mentira puede salir al paso”. FDR, como también se lo llamaba, reconocía su vena histriónica; en una cita con el joven Orson Welles, consagrado por su película Ciudadano Kane, le dijo: “En este país solo hay dos grandes actores… El otro es usted”.

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Al fallecer en abril de 1945, en su cuarto periodo, a tres semanas del triunfo en el frente occidental, fue sucedido por su vicepresidente, Harry Truman (1884-1972), quien reaccionó diciendo: “Yo no soy suficientemente grande para el puesto”. En sus orígenes, un muchacho pueblerino del Medio Oeste, que fue capitán de artillería en la I Guerra Mundial, se había convertido en figura nacional como titular de la comisión parlamentaria que supervisaba el uso de fondos para apoyar el esfuerzo bélico. No vaciló en utilizar la bomba atómica para someter a Japón y hasta el final de sus días jamás se arrepintió de hacerlo. Promovió el plan Marshall para la reconstrucción europea y la formación de la OTAN a fin de contrapesar el expansionismo de la Unión Soviética. Contra todo pronóstico, ganó la elección presidencial de 1948, implicando a EE. UU. en la guerra de Corea como una medida para proteger de la agresión comunista al Pacífico Occidental y a sus nuevos aliados nipones.

Presidentes estadounidenses que condujeron los destinos de la mayor potencia mundial desde su apogeo en la Segunda Guerra Mundial: (arriba) Franklin D. Roosevelt, Harry Truman, Dwight Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson. Abajo: Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter y Ronald Reagan. Foto: Shutterstock

Fue sucedido por el republicano Dwight Eisenhower (1890-1972), excomandante general de las fuerzas aliadas en Europa, quien puso fin a dos décadas del Partido Demócrata en el poder. Tenía la perspicacia de comprender el valor de aparentar no ser un político profesional. Era un hombre de natural reserva, con talento diplomático y don de mando, aprendido durante su larga carrera militar. Dirigió los destinos de su país durante el bum económico de la posguerra, a la sombra de la persecución que emprendió su coideario el senador Joseph McCarthy contra todo sospechoso de comunismo. Se le censuró ser pasivo ante dicha infamia por su cálculo de cuidar el voto sureño. Aunque de pensamiento anticolonial, en 1956 apoyó el ataque anglofrancés e israelí al canal de Suez, en lo que constituyó un fiasco geopolítico al ser objeto de rechazo por parte de Naciones Unidas. Aun así, no respaldó a Francia en su intento de mantenerse en Indochina, que terminaría dividida en cuatro países: Vietnam del Norte, Vietnam del Sur, Camboya y Laos.

Después de dos victorias electorales cómodas, fue sucedido por John F. Kennedy (1917-1963), quien venció por estrecho margen a su vicepresidente, Richard Nixon, en 1960. La habilidosa maquinaria electoral demócrata haría la diferencia en un distrito de Illinois y unos pocos de Texas. La fortuna familiar había servido para impulsar la campaña. Nunca destacó mayormente en su carrera como senador, pero su carisma y juventud lo convertirían pronto en un fenómeno mediático. De un humorismo seco y lacónico, su estilo, elegancia y rapidez mental lo harían un ícono de época. Siempre se interesó más por los asuntos internacionales que por lo doméstico, teniendo duras pruebas con la construcción del muro de Berlín y la crisis de los misiles de Cuba, que lo consagrarían como líder emblemático del mundo libre. Antes de su asesinato en 1963, había escalado la participación de EE. UU en Vietnam a 16.500 “asesores militares”.

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Lo sucedería el vicepresidente Lyndon B. Johnson (1908-1973), un experimentado parlamentario que había sido promotor de la Ley de Derechos Civiles, que se ocuparía de llevarla a efecto a pesar de la tenaz resistencia de los gobernadores sureños. Era descrito como un político “ferozmente ambicioso, vulgar, atrevido y despiadado, un magnífico conductor; irradiaba fortaleza y dignidad”. Sería reelecto en 1964, aunque el inicio de los bombardeos masivos e indiscriminados en Vietnam marcaría su fase declinante, hasta dejar la oficina del Ejecutivo con desdoro.

Tomaría la posta el republicano Richard Nixon (1913-1994), que prometió no ser el primer presidente norteamericano que perdería una guerra; dos anteriores, la angloestadounidense (1812) y la de Corea (1950-1953), habían terminado en empate. Cometió el error de subestimar el daño que estaba causando el conflicto de Vietnam en el interior de EE. UU. creyendo, como Johnson, que disentir era ayudar al enemigo. Formando tándem con su secretario de Estado, Henry Kissinger, consiguieron importantes avances en el deshielo de las relaciones con la Unión Soviética y China. Obtuvo con holgura su reelección en 1972, pero el sórdido escándalo de escuchas telefónicas y obstrucción de la justicia de Watergate obligó a su vergonzante renuncia.

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Su remplazo por el vicepresidente Gerald Ford (1913-2006) sería recibido como un “sanador de heridas”; pero al mes le concedió el perdón presidencial a Nixon, con lo cual las aguas se volvieron a agitar. El 30 de abril de 1975 observaría apesadumbrado los últimos helicópteros de salvamento que levantaban vuelo desde la azotea de la embajada de EE. UU. en Saigón, marcando el final de dos décadas de intervención armada.

En un episodio inédito, ejerciendo la primera magistratura fue derrotado por un casi desconocido demócrata Jimmy Carter (1924), exgobernador de Georgia, que podía acreditar su experiencia como próspero empresario de cacahuates. Privilegió en su agenda internacional la defensa de la democracia y los derechos humanos, obteniendo su mayor éxito con la suscripción de los Acuerdos de Camp David, que permitieron la paz entre Egipto e Israel en 1978. Pero su desmañado manejo de la crisis de los rehenes estadounidenses en la sede diplomática de Teherán frustró su pretendida reelección.

Lo sucedería el republicano Ronald Reagan (1911-2004), quien pronto demostraría que no era el actor de segunda que muchos decían, y que no le haría falta una inteligencia peculiar para gobernar con sentido común como lo haría un norteamericano promedio. Con agresividad fue moviendo los hilos diplomáticos para abatir la Cortina de Hierro, al término de su segundo mandato, poniendo fin a cinco décadas de Guerra Fría.

La moraleja del cargo, “siempre grande y aterrador”, como diría Henry Donovan, exeditor de Time, queda sujeta a una regla común: “El presidente debe amar al prójimo… y haber leído a Maquiavelo”.

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