Cuando se produjo el descubrimiento de América en 1492, la esclavitud era una institución envejecida. En la Edad Media, el Imperio romano-germánico sometió a pueblos eslavos de Europa del este, incorporando a las lenguas de Occidente, con ligeras variantes, dicho término como sinónimo de servidumbre.

Con el establecimiento de enclaves portugueses en la costa occidental de África durante la primera mitad del siglo XV, el comercio de esclavos negros inició un boom que duraría cuatro siglos, dando lugar a uno de los episodios más nefastos de la historia de la Humanidad.

Al comienzo sirvieron de mano de obra para los ingenios y trapiches de los dominios isleños del Atlántico Madeira, Cabo Verde, Azores y Canarias, pero también se pusieron de moda como personal de servicio en palacios y mansiones de la península ibérica. En 1455, el 10 % de la población de Lisboa era gente de color.

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Lo cierto es que, con la ocupación de los primeros jirones de playa y selva en el Caribe, junto con el conquistador blanco, desde el segundo viaje de Colón en 1493 llegó una partida de negros en rol de mesnada o tropa auxiliar.

Los esclavos africanos procesan la caña de azúcar en la isla caribeña de Hispaniola (La Española), grabado de 1595 por Theodor de Bry con acuarela moderna. Imagen: Shutterstock. Foto: El Universo

Con el rápido desplome de la población aborigen debido a enfermedades traídas por los europeos al nuevo continente –viruela, sarampión, peste bubónica, difteria y tifus– se tornó indispensable la mano de obra negra en lavaderos y minas de oro. En la isla La Española, por ejemplo, de una estimación original de 100.000 indios, en 1508 se redujo a 60.000 y hacia 1570 tan solo 500.

Al principio, el Consejo de Indias otorgaba permisos excepcionales para introducir grupos de esclavos a fin de servir a gobernadores o encomenderos. En su momento, Hernán Cortés y Francisco Pizarro recibieron la autorización como parte de sus capitulaciones para la conquista de México y Perú, donde hubo cierto acompañamiento de africanos en armas, aunque sin mayor reconocimiento de los cronistas de época.

Con la demanda de mayor mano de obra, el emperador Carlos V introdujo el régimen de licencia monopólica, autorizando una primera importación de 4.000 negros en cinco años, que se renovaría periódicamente. Con el tiempo, las concesiones se harían por mero tonelaje lo cual agravaría el hacinamiento en los buques negreros, significando la muerte de entre 10 y 20 % del pasaje.

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Los cautivos africanos eran enlazados con troncos para caminar desde el interior hasta la costa para venderlos a los europeos. Grabado del siglo XIX. Imagen: Shutterstock. Foto: El Universo

En 1525, un navío portugués fue el primero en hacer una travesía directamente de África al Nuevo Mundo; lo harían, principalmente, de Cabo Verde, Guinea, Senegal y Angola, donde tenían sus “factorías” –verdaderos campos de concentración– hasta los destinos del Caribe en Santo Domingo, La Habana y Jamaica, derivándose de ahí a puertos continentales como Veracruz, Portobelo (Panamá) y Cartagena de Indias, donde eran conducidos a los vastos territorios virreinales de Nueva España (México), Nueva Granada y Perú.

Entre 1551 y 1649, es decir casi 100 años, se contabilizaron 1.207 barcos negreros, que transportaron 350.000 individuos de ambos sexos, en su mayoría jóvenes y niños. Aunque la cifra mantiene un subregistro debido a la importante incidencia del contrabando.

Definiciones indignantes

En los mercados se diferenciaba a las “piezas”, según el argot usado; los recién traídos de África eran llamados bozales, que tenían el inconveniente de ser propensos al cimarronaje al haber nacido en libertad; mientras que los que ya habían aprendido el idioma y las costumbres hispanoamericanas eran los ladinos, en tanto que los nacidos en las colonias, los criollos. Como parte del proceso de compraventa, se acostumbraba el palmeo y la carimba; lo primero suponía la medición de la estatura que en el caso de los adultos varones debería ser mínimo siete palmas o 1,70 m, y lo segundo un marcaje con hierro al rojo vivo en la espalda, pecho o muslos, que se utilizaba como seña de importación legal.

Durante la colonia, los precios variaron, conforme a la oferta y demanda y a la propia situación económica virreinal o de la metrópoli, soliendo variar entre 240 y 600 pesos; en todo caso, era un bien con estatus de semoviente –que podía venderse como parte de plantaciones y hatos ganaderos– siendo frecuente su canje con otros productos transables como caña de azúcar, cacao, tabaco, perlas, etc.

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Mestizaje indetenible

En una sociedad rígida de castas, se pretendió mantener la separación de las tres grandes etnias: blancos, indios y negros, pero desde el primer momento resultó imposible frenar la mezcla que se dio con profusión de arriba a abajo y viceversa. Al principio surgieron los mestizos, producto de la unión de blanco e india, seguidos por los mulatos, hijos de blanco y negra; y desde luego, el proceso continuó al yacer negros con indios para dar lugar a los zambos o pardos, que a la vez se mezclarían entre sí, dando lugar a lo que el mexicano José Vasconcelos denominaría en el siglo XX la “raza cósmica”.

Como la mayor parte de la población aborigen estaba asentada en zonas templadas, la mano de obra esclava se utilizó principalmente en lugares de trópico en la agricultura alimentaria de subsistencia, en la producción agrícola exportable, así como en la cría de reses; además, estuvo presente, junto con los indios, en la explotación de minas de plata de Zacatecas y San Luis, en México, y Potosí, en el alto Perú.

El trato que recibieron en Hispanoamérica fue mejor que aquel que recibieron sus semejantes en las colonias del Caribe, ingleses, franceses y holandeses, que, desde la mitad del siglo XVII, se adueñaron del lucrativo comercio esclavista. La corona española mantuvo la figura del fiscal de pobres, indios y negros, al que se podía acudir en caso de crueles maltratos. A fin de frenar el creciente número de cimarrones se impusieron severas penas: la primera evasión de más de seis días era castigada con la castración; la segunda, con la muerte del prófugo; pero el principal objetivo era la intimidación antes que la mutilación o muerte de un activo.

Condena y abolición

En 1639, el papa Urbano VIII expidió una bula que condenaba la trata negrera por privar de la libertad al hombre. A partir de ese momento se activó una prédica abolicionista que, reforzada por el pensamiento de la Ilustración en el siglo XVIII, fue mermando un tráfico tan brutal. En la práctica, el eficaz auxilio que prestaban a sus amos les había permitido a muchos negros conseguir su libertad desde la temprana conquista; también podían optar por el “rescate” de sus seres queridos mediante el ahorro de toda una vida; a la vez que era usual a la muerte de una matrona que en su testamento otorgara la libertad a sus esclavas favoritas e hijos. Por finalizar la colonia por cada negro esclavo había seis o siete libres; al tiempo, la esclavitud se había vuelto antieconómica siendo preferible el pago del jornal.

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En 1807, Inglaterra proclamó la ilegalidad del tráfico de esclavos, lo que sumado a los procesos de independencia de la época daría lugar a la agonía de un sistema cuyo recuerdo aún avergüenza a la civilización cristiana. (I)