Por Jenny Estrada R. *

Uno de los lugares más emblemáticos y felizmente conservados en el centro de nuestra querida urbe es el parque Seminario, otrora punto de encuentro de enamorados, intelectuales y artistas, y dada su cercanía con la Casona universitaria, también refugio de estudiantes que, aprovechando la tranquilidad del lugar, en sus bancas acostumbraban repasar las lecciones de los libros cuando a nadie se le hubiera ocurrido soñar con el internet.

Entonces las iguanas cagonas no habían sido introducidas a ese espacio donde reinaba un oso perezoso que compartía el entorno con los peces de colores del estanque. En la hermosa glorieta se ofrecían conciertos y recitales poéticos. En tiempo de nuestras abuelas se organizaban verbenas y en el de nuestras madres, las quermeses con fines benéficos. Pero fue una hermosa e inteligente dama de tiempo más cercano quien confirió al parque Seminario otra misión.

Poeta, periodista, compositora

Hija del Dr. César Borja Lavayen, médico, político, políglota y poeta, y de doña Ángela Febres-Cordero Lavayen (guayaquileños), pasó su infancia entre el destierro y las obligaciones ministeriales del padre liberal. Educada por grandes maestros, su talento multifacético le permitió brillar desde muy joven en la literatura como poeta y dramaturga, en el periodismo, la música (fue pianista y compositora), siendo en la gestión cívica y política donde dejó la huella más profunda de su conciencia social y su compromiso con la comunidad.

Publicidad

Rosa Borja de Icaza fue una destacada escritora y poetisa guayaquileña.

Su clara interpretación del feminismo y su deseo de procurar nuevos horizontes para la mujer a través de la educación la impulsaron a fundar una institución alejada de los tradicionales esquemas de la caridad, a fin de trabajar por la mujer, la niñez y la adolescencia desvalidas. Con ese propósito, al año 1932, en su propia casa conformó un equipo integrado por las más valiosas mujeres de aquel tiempo, que como ella sentían la necesidad de un cambio profundo.

Así nació la Legión Femenina de Educación Popular, que el año 1934 obtuvo personería jurídica, realizando una extraordinaria labor en el campo de la alfabetización para obreras y empleadas domésticas, cursos de lectoescritura para niños voceadores de periódicos, comedores escolares, roperos escolares, colonias vacacionales, huertos familiares, escuelas, talleres de corte, confección y peluquería, lucha antialcoholismo y bibliotecas populares en los parques. Mucho más sería lo que habría que escribir acerca de la excepcional tarea de la Legión.

Bibliotecas infantiles

Esos dos quiosquitos verdes que forman parte del ornato del parque Seminario fueron en su momento las dos primeras bibliotecas infantiles fundadas por doña Rosa Borja de Icaza, donde ella con Amarilis Fuentes Alcívar, Flérida Rodríguez de Maruri, María Esther Martínez de Pazmiño y otras notables mujeres de su generación se dedicaron a la noble tarea de alfabetizar.

Contando con los permisos municipales y los fondos respectivos, doña Rosa hizo construir esas dos estructuras que en su momento funcionaron como las dos primeras bibliotecas infantiles. En ese parque, las legionarias daban clases gratuitas de lectoescritura a los canillitas especialmente y prestaban libros a los jóvenes que concurrían semanalmente en busca de sanas distracciones, así como a los obreros y vendedores ambulantes. Luego organizaron concursos de lectura, promovieron pequeñas obras de teatro y otros atractivos programas para incentivar la lectura entre niños y jóvenes.

Parque Seminario: quiosco instalado por Rosa Borja de Icaza y otras ilustres guayaquileñas en la esquina de Chile y Clemente Ballén. Foto: Moisés Pinchevsky

Años después, ya muerta doña Rosa y extinguida su célebre Legión, el Municipio cedió el quiosco que está ubicado en la esquina de Chimborazo y Ballén al recordado periodista Julio Villagrán Lara, presidente de la Asociación de Periodistas Guayaquil, quien instaló una pequeña librería para ofrecer obras de autores guayaquileños y plumillas de Guayaquil antiguo a los turistas.

Posteriormente –y sin mayor conciencia– la Municipalidad destinó ambos quioscos a bodegas para útiles de limpieza de los barrenderos a cargo del parque. Menguado destino que cumplen hasta el presente, cuando en los alrededores de aquel emblemático lugar –y con permiso municipal– se multiplican mercadillos de ropa y baratijas proyectando la imagen de gran aldea que tanto desmerece al centro de la ciudad, en vez de rescatar los quioscos de doña Rosa y devolverles su función inicial. (I)

* Miembro de la Academia Nacional de Historia, jennye@gye.satnet.net.