El sol mañanero de finales de abril se riega a través de la puerta y parte de la ventana. Sobre una gran mesa de madera se levanta la figura del santo Gregorio Hernández y varias imágenes del Niño Dios. Al fondo del taller, entre docenas de imágenes, está una de la Virgen María, de aproximadamente un metro de altura, erguida, vigilándolo todo. Junto a ella, como si fuera un santo más, aparece Edwin Muñoz, conocido como restaurador y santero, poniéndose su ropa de trabajo: una camiseta polo gris, un jean salpicado de pintura y un par de zapatillas blancas, mientras de un radio antiguo marca Clock, del tamaño de un ladrillo, sale la canción El arbolito, de Gerardo Morán.

Este hombre, de mediana estatura, es el propietario del taller de restauración de imágenes religiosas Virgen Asunción, ubicado en la Bolívar e Imbabura, en el centro histórico de Quito.

Edwin agarra la figura de un Niño Dios y empieza a trabajar.

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“Vino sin cabecita”, dice. “Me costó mucho reconstruir el rostro, porque es pequeñito, pero ya tiene forma”.

Él ha restaurado una infinidad de imágenes hechas de todo tipo de materiales: yeso, cerámica, resina, fibra de vidrio, madera, aserrín, porcelana… “También restauro rostros humanos”, asegura, mientras sonríe con ironía. Se refiere al trabajo que hace cuando llegan personas con heridas en el rostro.

¿Quiénes vienen a restaurarse?

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Los que más frecuentan son los rasguñados. Vienen personas que se caen, se raspan, se remellan. Niños que han sido mordidos por un perro o rasguñados por un gato... También vienen con heridas por accidentes...

¿A qué se refiere con que vienen más “los rasguñados”?

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Los rasguñados son los que tienen heridas en la cara; principalmente, porque en alguna pelea con las mujeres, lo primerito que hacen es ir a la cara a rasguñar. Los rasguños se dan entre marido y mujer, por las “amiguitas” y por peleas en los mercados. Esto viene de antaño. Pero este producto les cura rápido la herida y lo más importante es que no les deja cicatriz. Cura barros, espinillas, hasta la varicela. No sé qué tendrá, pero les cura.

¿Qué personajes conocidos han venido a su taller?

Jaime Enrique Aymara y Paulina Tamayo.

¿Por rasguños?

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Claro, por rasguños, al menos Jaime Enrique, jaja

QUITO. El taller de Edwin Muñoz está lleno de imágenes y figuras religiosas. Allí, en entrevista con este Diario, cuenta varias leyendas y anécdotas. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas

Jaime Enrique Aymara, de 54 años, es un cantante, compositor y actor ecuatoriano ha incursionado en varios géneros musicales y ha ganado seis discos de oro. Ante la consulta de este Diario, el cantante confesó que puso su rostro en manos del restaurador, Edwin Muñoz.

“Alguna vez fui, sí, sí. Fui una vez, porque en una actuación alguien, por cogerme, me aruñó el rostro y eso se veía feo; entonces, me fui al sitio donde restauran imágenes. Me hicieron un retoque y quedé como si nada. Eso sí me acuerdo, porque yo vivía en el centro, como a unas dos cuadras (del restaurador)”.

¿Cómo le fue?, ¿qué resultados tuvo? “Súper bien. Yo tenía que ir a un canal de televisión y no se notaba nada, me puso justo el color de mi piel”.

El restaurador, Edwin Muñoz, cuenta que en el centro histórico hay muchísimos sitios donde se venden figuras religiosas; principalmente, imágenes del Niño Dios, pero que solo cuatro talleres se dedican a la restauración de imágenes. En muchas ocasiones, estas son llevadas por sus propietarios. Uno de esos cuatro talleres es el suyo.

La restauración de figuras religiosas es común en el centro histórico de Quito, debido, principalmente, a la fe alimentada por la devoción a las fiestas populares que tiene a las imágenes como protagonistas.

Pero también hay otro motivo que se suma a la razón de existir de estos talleres de restauración: las personas han encontrado, ahí, una cura infalible tanto para los desperfectos en sus rostros causados por accidentes menores: peleas callejeras o riñas entre parejas, como para las urgencias de una que otra personalidad de la vida pública.

¿Han venido personajes conocidos, famosos?

Bueno, el más famoso no vino (al taller), me tocó ir a restaurarlo.

¿A dónde?

A la Presidencia.

¿La Presidencia de la República?

Sí, me tocó restaurar al expresidente de la República Rafael Correa.

¿Cómo sucedió eso?

Me dijeron que él no podía venir a mi taller.

¿Quiénes dijeron eso?

Los guardaespaldas. Yo estaba restaurando a una paciente. Tuvieron que esperar una media hora y después me llevaron. En el camino me enteré que ha sido de restaurarle al presidente.

¿Qué problema tenía Correa?

Estaba rasguñado. Las típicas fans, por abrazarle. No se había dejado, se había hecho para atrás y le habían rasguñado. Eso le había pasado. Un rasguño en campaña había sido.

¿Dónde tenía el rasguño?

Exactamente, en el rostro.

¿Era grave?

No, era una herida leve, un rasguñito. Pero la uña deja una señal fea, les infecta y les deja cicatriz, pero con este producto (señala el frasco) no les queda nada.

¿Qué dijo el presidente cuando usted llegó?

Llegué en traje de trabajo, todo sucio, así entré. Entonces, me dijo “¿vos me vas a curar?, ¿qué eres, chamán?”. “Yo solo soy restaurador”, le respondí.

¿Cómo empezó el trabajo?

Preparé el producto imitando el color del rostro del presidente, le puse y le dejé un poco para que se siga poniendo, porque no se cura con una sola puesta, se cura con algunas puestitas.

¿Qué producto usa?

Se llama encarne o retoque.

¿Cómo se prepara?

Viendo el color de la piel de la persona.

Pero, ¿qué contiene el producto?, ¿pintura, resina?

Verá, la base es la pintura, la misma con la que se pintan las imágenes, de ahí se agregan óleos, acrílicos, pigmentos y un polvito secreto que dicen que es el polvo de la abuela.

¿Venden ese producto?

Sí, pero no venden donde quiera, solo donde restauramos imágenes religiosas.

¿Se demoró en la restauración del presidente?

No. Más me demoré en ir y venir que en restaurarle, porque en preparar y aplicar me demoré unos cinco minutos. Le pedí que se siente, porque ha sido alto, y le puse. Con el producto puesto se fue, porque tenía que salir en cámaras. Bien había quedado la cara.

¿Qué hizo después?

Nada, porque ya terminé. Finalmente, me pagaron y me fui.

¿Cuánto le pagaron?

Verá, la verdad, le digo, me llevaron ofreciéndome 50 dólares. Total, me terminaron pagando 20, pero bueno, me pagaron.

¿Quién le pagó?

Uno de los guardaespaldas.

¿Y usted ha tenido algún rasguño?

No, gracias a Dios no ha habido quién me rasguñe, responde el restaurador. En mis 60 años no ha habido una mujer que me toque la cara.

¿Está casado?

No, ahora estoy separado. Vivo solo desde hace 15 años, esa es mi vida.

QUITO. En las épocas de conmemoraciones religiosas es cuando más gente llega al taller de Edwin Muñoz, en busca de ayuda para restaurar a alguna figura deteriorada. EL UNIVERSO Foto: Alfredo Cárdenas

Edwin Muñoz dice que de sus 60 años, 40 los ha dedicado a la restauración de imágenes religiosas, una práctica que vive aún en la cultura popular del centro de Quito y es parte de una serie de leyendas y medias verdades que se esparcen de vecino a vecino y de una generación a otra. Este oficio lo heredó de su abuelo Alfredo Carrión, quien aprendió desde niño y murió como un maestro.

¿Usted tiene alguien que siga sus pasos?

Le digo la verdad, eso es lo que más me duele, que no tengo a nadie. Cuando me acabe (cuando muera), no va a haber un pupilo que siga mis pasos.

¿Tiene hijos?

Tengo una hijita de 21 años, pero no quiere seguir, como hobby nomás, medio medio ayuda.

Lágrimas del Niño Jesús

¿Alguna anécdota en sus cuarenta años de trabajo con santos?

Una sola vez en mi vida vi que un niñito de yeso lloraba sangre. Era de un señor que se había negado a ser padrino del Niño Dios. Luego de que se negó en un fiesta, sin explicación al niñito se le había roto un pedazo de la cabecita y había llorado lágrimas de sangre. Acá vino con la sangre. Lo revisé, no era pintura, era sangre. Esa fue la única vez que tuve esa anécdota. Y le restauré la cabecita. La mayoría de clientes me dicen que los niñitos son traviesos, que tenga cuidado, pero no me han hecho nada. A veces, cuando tengo mucho trabajo me quedo aquí a velar, a dormir, prácticamente, con ellos y donde les dejo, ahí amanecen, no me hacen nada.

QUITO. El restaurador se pone su ropa de trabajo para empezar la jornada. Espera que una vez que bajen los contagios de Covid, el negocio se reactive. EL UNIVERSO. Foto: Alfredo Cárdenas

El precio de cada trabajo de Edwin depende del material y del tamaño de la imagen. Por ejemplo: restaurar la cabeza de un Niño Dios de diez centímetros, hecho de madera, cuesta 20 dólares, pero si es de yeso el costo baja a 5. Alguna vez, recuerda, restauró una figura de 1,80 metros y cobró 150 dólares.

Antes de la pandemia, sus ingresos le permitían cubrir sus necesidades. En 2020, en plena emergencia sanitaria, su trabajo se redujo a cero. Luego, en 2021 se recuperó un poco.

Ahora, aunque el trabajo sigue siendo escaso, se siente bendecido, porque en los mejores días logra unos 100 dólares y en los menos favorecidos se va a su casa con 10. Además, los mejores meses del año se aproximan, pues en octubre, noviembre y diciembre llegan muchísimas imágenes, sobre todo, del Niño Dios, para ser restauradas, debido a las fiestas de Navidad.

Edwin vive en Chillogallo, en el sur de Quito. Todos los días se levanta a las 06:30, limpia su casa y sale a trabajar. Antes de ingresar a su taller, desayuna en algún sitio cercano y desde las 09:00 hasta las 18:00 se mueve entre santos, vírgenes y niños Dios, en un espacio de 6 x 3.5 metros, por el que paga 450 dólares mensuales.

¿Cómo fue su niñez?

Le cuento que solo estudié la primaria, hasta sexto grado. Antes era así, uno acababa la escuelita y como la mamita no tenía para el colegio, decía: hijito vaya a buscar oficio, entonces, empecé a trabajar a los 13 años.

¿Cuál fue su primer trabajo?

Empecé con vidrio, marcos de madera, por eso hasta ahora vendo marcos de madera, instalo espejos… Luego aprendí esto de las imágenes y me gustó, por eso, hasta ahora es mi oficio.

El sol lateral de media mañana ha inundado el taller. Edwin se apresura restaurando el rostro de una diminuta imagen del Niño Dios, mientras en el aparato de música suena Lejos de ti de “El más querido”, como se le conoce al cantante popular Gerardo Morán. (I)