A pesar del sol, el ambiente no pasaba desapercibido durante la mañana de este viernes, 18 de abril. Las calles de la plaza San Francisco estaban llenas de cruces de diferentes tamaños y personas que caminaban con el disfraz de los denominados cucuruchos.
Cadenas, látigos y alambre de púas eran los instrumentos básicos que reposaban al lado de quienes, un año más, querían cumplir la penitencia que le habían ofrecido a Jesús del Gran Poder.
La Unidad Educativa Franciscana San Andrés fue el punto de concentración. Hombres, niños y mujeres se despojaron de sus prendas por unas cuantas horas para vestirse con los tradicionales colores morado y negro, que representan el dolor que sintió Jesús en su pasión y muerte.
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Mientras se alistaban para el inicio de la edición número 64 de la procesión Jesús del Gran Poder, no faltaba quien gritara: “Quieren hacer en un día lo que no hicieron en todo el año”. Sin embargo, para Ángel Cacho, quien había perdido a su madre, se trataba de una forma de agradecer todo lo que Dios le ha entregado.
“Pues se trata de pedir perdón y borrón y cuenta nueva, pero siempre con mentalidad positiva. Todos tenemos un mal que nos llevaremos a la tumba”, explicó Ángel.
Bajo el lema “Nadie conoce la muerte sin primero haber hablado de Dios”, Ángel se dispuso a caminar con un tronco en los hombros y el torso completamente desnudo, con el fin de redimir las adicciones que algún día lo consumieron.
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La cancha principal del colegio franciscano se llenó de feligreses. Cristhian Cárdenas portaba unas inmensas cadenas en los tobillos y una máscara completamente negra que acompañaba su discurso.
Él contó por qué acompaña y venera la imagen de Jesús del Gran Poder: “Para mí es personal, porque hace unos años estuve internado por una bacteria en los huesos y estoy pagando esta penitencia porque Dios nunca me abandonó”.
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De igual forma, José Luis Garrido, con un látigo en las manos, no paraba de caminar en círculos, levantando plegarias y golpeándose la espalda. Él afirmó que la herencia de su familia lo llamó para estar una vez más junto con Dios.
“La verdad es que toqué fondo y, gracias a él, he cambiado mi vida. Son más de quince años que salgo de cucurucho y lo acompaño en cualquier condición que llegue. Le soy fiel”, contó.
Alrededor de las 10:00, en una fila gigante abarrotada de gorros morados y negros, la procesión se inició. Rostros de arrepentimiento, con lágrimas y convicción, salían por el atrio de San Francisco para cumplir su confesión.
No obstante, había otras miradas que no entendían qué pasaba. La inocencia de los niños también fue parte de la procesión. Con sus padres comenzaron a caminar portando escapularios o pequeñas cadenas en las piernas.
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El periplo por las calles Bolívar, Venezuela, Manabí, Vargas, América y Río de Janeiro estuvo marcado por la aparición de la imagen de Jesús del Gran Poder y la Virgen Dolorosa, con un gran contingente policial y adornos florales que enaltecieron el momento.
Los organizadores informaron que hasta el momento se habían inscrito 2.000 cucuruchos y, entre verónicas, estudiantes y miembros de la banda de guerra de la Unidad Educativa San Andrés, el número de participantes ascendió a 500.000. De esta forma, en las calles, las personas que observaron la procesión llegaron al mismo número. (I)