Se me llenaron de lágrimas los ojos cuando descubrí que en mi familia ecuatoriana muchos apoyan a Trump. Desde el fondo de un océano de soledad alcancé a leer que lo llamaban: “un líder que representa los valores cristianos”. Pensé en exponerles el caso basado en evidencias: sus discursos, entrevistas y tuits, sus decisiones y actitudes políticas, su vida privada plagada de horrores (¿no lo vieron cuchicheando salaz al oído de su amigo Jeffrey Epstein, y hace pocos meses deseándole “todo lo mejor” a su compinche en pedofilia Ghislaine Maxwell?), pero me dije: ¿si en estos años no lo han visto con sus propios ojos, por qué van a verlo ahora? ¿No saben que para abrirse paso hasta esa iglesia ante la cual posó Biblia en mano hizo dispersar con gas lacrimógeno a manifestantes pacíficos? ¿No conocen sus probadas infidelidades, sus comentarios misóginos y xenófobos, su inhumana política antimigratoria, el desprecio con que imita y apoda, las ínfulas con que alardea? ¿Lo han visto aceptar un error, disculparse, enmendar como lo haría un cristiano? “La gente con buenos genes no muere de COVID”, dijo en un rally reciente. ¿Es posible hacer el bien sin ser bueno?

Donald Trump pasará a la historia por la profunda división que ha causado con sus mentiras y escandalosas opiniones. Se lo recordará por destruir la confianza y la empatía, base de la convivencia pacífica y democrática. Y sus mentiras apuntan primordialmente a deslegitimar a los medios de comunicación, pues es la forma más eficaz de control: convencer a tus seguidores de que todo el mundo les está mintiendo, menos tú. Trump y sus creyentes repiten como un mantra: “fake news”. Fueron los nazis quienes explotaron el poder de este concepto (en alemán Lügenpresse: prensa mentirosa) para avalar sus teorías conspirativas donde Alemania estaba “controlada por judíos” que influenciaban la opinión pública desde la prensa. Y una vez que el tirano logra sembrar desconfianza ante el periodismo profesional que investiga, comprueba y analiza los datos en contexto, el engaño es como un fuego incontenible que hace arder poblaciones enteras. Como dijo Hannah Arendt: “Las mentiras suelen parecerle al intelecto mucho más convincentes y seductoras que la verdad, porque el mentiroso tiene la gran ventaja de saber de antemano lo que el público quiere escuchar”.

Mientras escribo, Biden está a punto de ganar las elecciones en EE.UU. entre la tormenta de desinformación desatada por un Trump gritando “Fraude”. Acostumbrado a tildar a otros de “losers”, evidentemente será un mal perdedor. Pero aunque pierda ya ha deformado la sociedad. El aparato de mentiras afilado durante estos años ha desgarrado el tejido comunitario. Necesitaremos tejedoras.

Conciliadora, le escribí a mi pariente trumpista: “en el planeta donde vivo, una persona sensata como tú nunca votaría por Trump, quizá estamos viviendo en dos planetas distintos”. Pero vivir en dos planetas cuando en realidad solo existe uno es peligroso. Como descubrió Hannah Arendt: “El súbdito ideal de una dictadura totalitaria no es el nazi convencido ni el comunista comprometido, sino las personas para quienes la diferencia entre hecho y ficción, verdad y mentira, ha dejado de existir”. (O)