Durante décadas, la productividad estuvo asociada a trabajar más rápido, manejar mejor las herramientas o dominar procesos cada vez más complejos. Hoy, en plena era de la inteligencia artificial generativa, emerge una verdad incómoda pero reveladora: no es la tecnología la que marca la diferencia, sino la calidad de las preguntas que hacemos.
Herramientas IA, integradas en entornos cotidianos de trabajo, no funcionan como máquinas que “piensan por nosotros”, sino como amplificadores de nuestro propio pensamiento. En ese diálogo entre humano e inteligencia artificial, el verdadero protagonista es el prompt: la instrucción, el encuadre, la forma de pedir. Saber preguntar se ha convertido en una competencia estratégica.
Esto supone un giro cultural profundo. Pasamos de usuarios pasivos de software a diseñadores de interacción cognitiva. Ya no basta con dar órdenes vagas o improvisadas; ahora debemos aclarar qué queremos, desde qué rol lo pedimos, con qué información contamos y en qué formato esperamos el resultado. Dicho de otra manera: la inteligencia artificial nos obliga a pensar mejor antes de actuar.
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Esta lógica tiene implicaciones que van mucho más allá de la tecnología. En las organizaciones, el prompting bien diseñado mejora la comunicación interna, ordena la toma de decisiones, acelera el aprendizaje y reduce la fricción operativa. Un ejecutivo que formula bien una solicitud obtiene síntesis útiles en lugar de ruido; un equipo de comunicación logra mensajes coherentes en vez de retrabajos; un profesional aprende más rápido cuando estructura adecuadamente sus preguntas.
Pero hay un aprendizaje aún más profundo. La inteligencia artificial expone nuestras propias carencias cognitivas. Cuando una respuesta no sirve, rara vez es culpa del sistema: suele ser reflejo de una pregunta confusa, incompleta o mal planteada. En ese sentido, la IA funciona como un espejo intelectual que devuelve, amplificadas, nuestras propias estructuras mentales.
Por ello, el debate no debería centrarse en el miedo a ser reemplazados por máquinas, sino en cómo evolucionamos como pensadores. La IA no elimina la responsabilidad humana; la intensifica. Nos exige claridad, intención y criterio. Nos entrena, incluso sin proponérselo, en pensamiento crítico aplicado.
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En un mundo saturado de información, saber preguntar se vuelve más valioso que saber responder. Las organizaciones y sociedades que comprendan esto no serán las que adopten más tecnología, sino las que desarrollen una cultura de preguntas bien formuladas, conscientes de su contexto y propósito.
Tal vez el verdadero avance de esta era no sea que las máquinas aprendan a pensar como humanos, sino que los humanos volvamos a aprender a pensar con precisión. (O)
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Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán
















