Desde esta tribuna del pensamiento, la cultura y la justicia, evocamos con una nostalgia serena y a ratos dolorosa, aquellos tiempos en que comprar no era solo un acto comercial, sino un ritual humano cargado de afecto, confianza y cercanía. Eran los tiempos de la yapa. La yapa es una palabra de origen quechua (yapay: añadir), que significa “algo extra”, un pequeño añadido que el comerciante entregaba al comprador sin cobrarlo. No figuraba en la balanza, ni en la cuenta, pero sí en la memoria. Podía ser un caramelo, una galleta, un puñado más de arroz, una fruta adicional o un “tome caserito, para el camino”. Era un gesto simple, pero profundamente simbólico.
En las tiendas de barrio, hoy casi extinguidas, la yapa, era una expresión de humanidad. El tendero conocía por nombre a cada cliente, sabía quién fiaba, quién pagaba puntualmente, quién estaba pasando por un mal momento. La tienda no solo vendía productos: sostenía vínculos. Allí se conversaba de la vida, del barrio, de la política y hasta de la justicia cotidiana, esa que no está en los códigos, pero sí en la conciencia social. La yapa, no era caridad, era reciprocidad, era el reconocimiento de que la economía también tiene alma.
En una sociedad donde el lucro no había desplazado del todo a la solidaridad, ese “poquito más” fortalecía la confianza y el sentido de comunidad. El cliente volvía no solo por el precio, sino por el trato digno. Hoy, en la era de las grandes cadenas, los códigos de barras y las cajas automáticas, la yapa ha desaparecido. Todo está medido, calculado, monetizado. La eficiencia reemplazó a la cercanía, y el consumidor sustituyó al vecino. Se gana tiempo, pero se pierde humanidad. Recordar la yapa es recordar una ética sencilla: la del comercio justo, la palabra cumplida y la empatía cotidiana. (O)
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Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca


















