Gustavo González, analista político, mencionó días atrás en un programa radial que “la investigación abierta no es contra las FF. AA.; es claramente contra los responsables de la conducción política de las mismas y los autores materiales de estos presuntos crímenes”, refiriéndose a los hechos que envuelven el asesinato de Ismael, Josué, Steven y Nehemías. Añadió que el “honor militar no está en duda, sino actos perniciosos, reñidos contra ese honor militar”; declaraciones a las que me suscribo.
Si bien se puede listar la cantidad de tareas que cumplen las FF. AA., lo que muestra su aporte a la seguridad y desarrollo del país, no las exime de tratar este tema con transparencia y sensibilidad. La tragedia de los cuatro de Las Malvinas denotó procedimientos arbitrarios –por decir lo menos–. El colocar en el tapete de la opinión pública este atroz hecho no debe entenderse como un cuestionamiento a esta institución, pero sí invita a pensar que lo ocurrido no puede quedar en la impunidad y que la transparencia –en este u otros casos que podrían haberse dado– debe investigarse, e invita a repensar en la política de seguridad deficitaria.
Defender a las FF. AA. no parte por colocarles un velo de sacralidad o esbozar narrativas que procuran posicionar la idea del interés de doblegar el espíritu de los más de 40.000 efectivos que las componen. Así el dolor de las familias de los menores asesinados se ve empañado por posturas políticas, cuando la única que debe existir es la búsqueda de la verdad, que los responsables asuman las consecuencias y se cumpla una reparación integral por parte del Estado.
Las disculpas públicas se transformaron en acusaciones públicas. El ministro de Defensa dedicó apenas 30 segundos para extender su sentimiento de pesar y cerca de 240 segundos para justificar, intimidar y acusar. Pongámonos en los zapatos de sus padres, esto es, de raza negra, sin recursos y residentes de un barrio marginal, y pensemos en el vía crucis que han atravesado desde la fatídica llamada, la noche del pasado 8 de diciembre. ¿Qué emoción nos embargaría después de las disculpas públicas? ¿Nos brindaría tranquilidad la versión de que nuestros hijos fueron abandonados a varios kilómetros de nuestro hogar? ¿Qué pensaríamos del testimonio de quien los vio con vida por última vez, sin ropa y golpeados? ¿Cuán profundo habría sido el dolor de reconocer –por los juanetes calcinados– a un hijo asesinado? A estas interrogantes se suman otras que deben ser respondidas a la justicia, a fin de esclarecer las diversas hipótesis existentes.
Este hecho debe convocarnos como sociedad a tener una mínima empatía con las familias de los menores asesinados. Sin embargo, el 6 de enero pasado, Día de Reyes, se recordará como el día de la “narrativa”, término que se emplea en las ciencias políticas para explicar cómo a través de ella es posible dar forma a los hechos e impactar en la comprensión de la realidad. Así, el lenguaje empleado, en vez de cumplir con su propósito –disculpas públicas– se transformó en un acto de negacionismo, usando la imagen de las FF. AA. como escudo frente a los errores políticos en el manejo de este “incidente”. (O)