El resultado de las elecciones presidenciales de EE. UU. es materia de múltiples análisis y estudios desde diferentes aristas.
Los expertos de la política, de la publicidad, de la sociología seguramente cuentan con todas las herramientas científicas para profundizar en el análisis y sacar sus conclusiones.
Como no lo soy, quiero aprovechar la ocasión, esta columna y su paciencia, amable lector, para compartir con usted la siguiente reflexión de un ciudadano común.
La era digital ha traído una mayor cercanía del ciudadano con las noticias locales y del mundo. Basta con dar un clic en el teléfono móvil o en la tablet para acceder a un universo de información de toda índole.
El problema es que el solo acceso no garantiza que la información sea confiable. Por el contrario, es muy probable que esa información llegue al ciudadano por una razón muy diferente a informarlo con la verdad.
Y como toda actividad humana tiene el potencial de convertirse en un negocio, y además existen vendedores de humo que hacen negocio con cualquier cosa. Hoy el mundo está inundado de pseudoestrategas de comunicación que ofrecen el oro y el moro a incautos consumidores. Pero una cosa es la percepción y otra, la realidad.
Un ejemplo de ello es el triunfo arrollador de Donald Trump. Recordemos que antes de la pandemia, ni sus más acérrimos detractores dudaban de su reelección. Claro, el mal manejo de la pandemia (ningún gobierno lo hizo bien) más los exabruptos ante una denuncia de fraude (que nunca sabremos si fue o no) lo terminaron de liquidar. Y ya para esta campaña la economía, más la severa crisis migratoria, hacían evidente que el pueblo norteamericano votaría por un cambio, y ese cambio era Trump.
Pero medios lamentablemente sesgados y alineados contra Trump, que publicitaban supuestas encuestas que dizque evidenciaban un crecimiento de Kamala Harris, más la avalancha de celebrities e influencers militando en contra de Trump, crearon una percepción divorciada de la realidad.
Sin embargo, el 5 de noviembre la realidad de la gente se hizo presente de forma contundente y dijo basta, queremos un cambio. Esa realidad que estuvo allí siempre y que la percepción creada por el anti-Trump no pudo desvanecer.
En EE. UU. como en Ecuador, la gente vota por lo que siente. El ciudadano quiere trabajo, seguridad, salud y educación. Quiere progresar, quiere mejores días para su familia.
Cuando el ciudadano se siente bien, quiere seguir con el mismo gobierno. Cuando se siente mal, vota por un cambio. Así de sencillo. Y los gobernantes deberían entender que la mejor manera de ganar una reelección es generando bienestar al ciudadano. Mejorando sus condiciones de vida. Cumpliendo con las obligaciones esenciales del Estado. Y que comprar medios, portales, empresarios disfrazados de periodistas, crean una percepción, pero no cambian la realidad de las grandes mayorías.
Percepción que generalmente captura las mentes débiles de las élites que no sufren hambre, que no sufren inseguridad, que tienen acceso a la salud privada y tienen tiempo para jugar a la política.
El pueblo no come cuento. (O)