“Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y… ni en España hay locos. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo...”, declama León Felipe, y Miguel Ángel irrumpe, galopa su famélica catanga y embiste contra molinos corruptos, insensibles. Critica a los resignados a vivir en caóticas urbes egoístas, apáticas, y escupe sin temor verdades subyacentes evadidas. Odia la cordura miserable. Ampara a marginales, poetas delirantes, ambulantes esquivando “robaburros”, madres solteras, vendedores de jugo de coco, etc.

Activista 24/7. Fue secretario de las Organizaciones de la Sociedad Civil; coordinador de la Mesa de Concertación Cantonal de Juventud; promotor cultural de la Corporación Juvenil; fundador de Liga de Juventudes del Ecuador y la Red de Organizaciones Juveniles de Guayaquil; impulsor de la primera Ley de Juventud; delegado de la Mesa Afrodescendiente ante la CAN; coordinador del Panafricanismo en América Latina y Caribe; productor musical; artesano-maestro de niños, entre otras funciones.

Renunció a su familia sanguínea y se adoptó a Afroamérica XXI para teclear libre y obsesivamente pescando recursos. Mostraba orgulloso los frutos. Según Cervantes, los desvaríos del Quijote eran por compulsiva lectura; los de nuestro Cimarrón, en parte, por noctámbulos proyectos. López Ibor dice: “No existe el loco absoluto. No existe el cuerdo absoluto. Así es el hombre que hace de la vida una aventura abierta entre el mundo de la realidad y el de la posibilidad. Por eso avanza, por eso el hombre es capaz de hacer historia”. Miguel Ángel la hacía por un mundo justo, si no aquí, en el Back to Africa de Garvey. Bob Marley le cantó Exodus instándolo a huir de esa “Babilonia” histérica. “África es la salvación, primo”. “Mandemos estudiantes becados”. “El regreso es ahora”. “Armemos una red agrocomunitaria” –decía invitándome a su nave–. Se rebeló contra la discriminación opuesta a la justicia, reconocimiento y desarrollo afrodescendiente. Rocinante y Marx, “ebrios” de ira, le rasgan la guitarra de Bob, “endemoniándolo” más contra esa institucionalidad mezquina de pan y vida digna.

Su “ejército” eran roqueros, salseros, rastas, adolescentes, indigentes, mascotas huérfanas, marimbas coquetas calmándole las angustias. De pequeño escudriñaba el río Cayapas en busca de comida para sus hermanos. Era alquimista de lo “imposible”, Van Gogh desorejado. Lo perturbaba este demente mundo donde madre y prole mendigan, y se matan niños ante indolentes molinos. “Si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos categoría que el estiércol; si no es ahora… ¿cuándo se pierde el juicio?…”, pregunta el poeta, y Miguel Ángel se ríe, le guiña un ojo y surca cielos panafricanos asido a la irreverente catanga que lo trajo. Lo lloran las iguanas del parque, Urdesa, Esmeraldas con Hurtado, el Cristo del Consuelo, los Guasmos, la Trinitaria, la calle 8, la ensalada de frutas esquinera, el corviche mandingo, Barricaña, La Culata, sus amigos leales y su “loco” y querido Guayaquil. (O)