Hoy hace frío, pero tengo que salir. Me gustaría quedarme a luchar contra la pereza, el reloj, los elementos, pero tengo que salir. Preferiría quedarme a escribir, pero ya no tengo que hacerlo. Ahora puedo dejar que mis pensamientos se agolpen en mi mente y no me dejen dormir, en lugar de plasmarlos en una hoja en blanco con la esperanza de que encuentren lectores. Es hora de salir.
Lo tengo todo. Amigos con quienes reír, libros que leer, proyectos que terminar. Pero me siento sola al saber que no me volverán a leer los fieles suscriptores de Diario EL UNIVERSO. Aquellos que me escriben molestos, pero siempre decorosos, para compartirme que están en desacuerdo con algo que expresé; y aquellos que me dan la razón y solo por eso pienso que somos casi vecinos.
Me siento tan sola, como mi perro pequeño que se queda nervioso esperando que yo regrese cuando salgo. Nunca le falta compañía. Un perro grande, los pájaros que nos visitan e incluso una llama; mi marido que va y viene; mi hija menor que regresa del colegio. Pero Ludovico se ha acostumbrado a verme teclear todo el día y, si le falto, actúa como si mi ausencia dejara un vacío irremplazable. Y así estoy yo, sintiendo que el espacio que dejo nunca volverá a ser el mismo.
No quiero dejar de escribir porque lo mío es crear alertas, poner los puntos sobre las íes, confesar mis ilusiones. Me gustaba, sobre todo, sentir que no competía con nadie más que conmigo misma. Trataba de escribir buscando superarme cada vez más, sin mirar a los lados, aunque siempre pendiente de lo que escribían algunos colegas para estar en el ajo. Al igual que mis lectores, no siempre concordaba con ellos, pero me sentía también en su compañía. Sin ellos, siento que el frío me congela las entrañas.
Miro por la ventana y veo que el sol se resiste a salir. No deja de sorprenderme lo verde que es el campo donde vivo en la Sierra ecuatoriana. ¡Cómo se parece, aunque no en su exuberancia, al color del bosque tropical de nuestras provincias amazónicas y de ciertas planicies de la Costa! Como hijos separados al nacer, nuestras regiones se conocen como hermanas, pero no se reconocen la una en la otra. Así se sentía, a veces, escribir en un diario tradicionalmente guayaquileño desde unas montañas aparentemente ajenas a su realidad.
A veces nos olvidamos de todo lo que nos une como ecuatorianos. Recetas compartidas de generación en generación que mantienen nuestras tradiciones únicas, desde el cebiche hasta la colada morada. La angustia de sobrevivir a los ciclos económicos devastadores, que han llevado a un número importante de nosotros a vivir fuera del país y sentirse progresivamente menos de aquí. Las ganas con las que nos levantamos todos los días para trabajar, aun si no tenemos trabajo.
Salgo y siento la corriente del viento andino. Me caliento frotándome los brazos opuestos, como si alguien me estuviera dando un abrazo. Cuando salga nuevamente el sol, las semillas prosperarán, como las ideas que germinan en el debate público. Cual Nicolai Vavilov, quien guardó los conocimientos del mundo en las semillas que recolectó, atesoraré mis reflexiones hasta encontrar nuevos campos. (O)











