Prolíficas semanas las recientes para el análisis de casos de comunicación política. Vale, por tanto, hablar de una de las más importantes herramientas verbales utilizadas, como es la ironía, que mal empleada puede bordear la frontera de la grosería.

“Pregúntenle a él, no soy su madre”, respondió la alcaldesa de Guayaquil a la pregunta que le hizo una periodista de investigación sobre su exesposo y la inusual cantidad de terrenos que ha adquirido recientemente en una zona como la vía a la costa donde el impulso municipal, con grandes fotos de la funcionaria, ha recibido “anabólicos” también últimamente.

¿Se puede preguntar sobre una persona con la que ha compartido buena parte de su vida, solo a su madre? Peor aún si se trata de la misma persona con la que en tiempos de encierro pandémico anunciaba que, al contagiarse de COVID, estarían “bien” juntos, en mensaje a sus hijos que vio todo el país, mostrado por ella misma. O la aparente armonía de las fotos del aniversario 25 de matrimonio, desde la playa, a inicios de septiembre de 2020, luego de superar ambos juntos el

COVID. La distancia entonces que se ha planteado como razón para no contestar, que se dice data del 2011, queda en duda por los hechos.

Y como si hubiese sido poco, la misma funcionaria reacciona con un irónico “muy acertada su decisión”, al pedido del presidente de la República al Servicio de Rentas Internas para que investigue el origen de los fondos con que su exesposo compró tales terrenos, como si la indagación no tendría que llegar de alguna forma hasta ella y su administración.

Es la misma semana en la que una asambleísta de Pachakutik, señalada por el Ejecutivo entre el grupo que pidió prebendas a cambio de su voto por la ley de inversiones, mostraba en una entrevista de televisión su satisfacción porque, gracias a esa acusación, ahora su voz se iba a escuchar a nivel nacional y no solo en su terruño. O también tiempo de escuchar a un excandidato presidencial de la ID, acusado de chantaje por el poder, decir que lo que en realidad le dolía era ser señalado por alguien a quien abrió las puertas de su casa, como si el fondo del tema no fuese lo suficientemente potente para poner en vilo su futuro político.

El uso de la ironía en la comunicación política es un arte para el que no todos, evidentemente, están listos. Y no se trata de responder lo primero que se cruza por la mente, y menos con desprecio a la pregunta o al interlocutor, sino de hacerlo con la pericia verbal adecuada para, sin irrespetar la inteligencia de los demás, salir con gracia de una circunstancia incómoda. Como aquel exmandatario cientista social que, en una entrevista de televisión, recibió de un periodista esta afirmación: “Presidente, las arvejas están caras”, y respondió que en su casa no se comían arvejas. O aquel otro, amante de los caballos y de muy firme carácter que, ya alejado del poder, documentó su ataque a otro ex jefe de Estado con una serie de informes oficiales, algunos reservados, y al preguntársele cómo los consiguió, respondió con un “por algo fui presidente”. De la ironía, diríamos a los políticos actuales, si no les sale natural, mejor huyan. (O)