En una columna anterior manifesté, irónicamente, que algo andaba mal con los espejos en los países andinos –especialmente en Perú y Ecuador–, pues los mestizos no pueden reconocer los rasgos indígenas en sus propios rostros. El joven escritor peruano Jeremías Gamboa, cuya obra ha sido elogiada por Mario Vargas Llosa, explica este fenómeno con otra metáfora que tiene también que ver con los espejos: la anorexia.

A través de los personajes de su última novela, Animales luminosos, Gamboa sostiene que la anorexia ilustra esta negación cultural. De la misma manera que una persona sumamente delgada sigue viéndose en el espejo como obesa y continúa rechazando la comida hasta la inanición y la muerte; en el caso del mestizaje no asimilado, los espejos tampoco responden, pues parecen reflejar solo las facciones europeas y no las indígenas. Gamboa le llama a esto anorexia racial.

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El personaje principal de la novela de Gamboa es un peruano que obtiene una beca para estudiar una maestría en literatura en Estados Unidos. La trama se desenvuelve dentro de la vida estudiantil que refleja la pluralidad étnica, pero donde el color de la piel no deja de ser importante. Lo curioso del argumento es que el personaje principal no revela su apellido indígena hasta casi el fin de la novela. No lo hace porque en el Perú, todo lo que suene a andino o autóctono se esconde, se barre debajo de la alfombra.

Cuando en una entrevista con la BBC se le pregunta por qué no se acepta la herencia indígena, Gamboa responde que en el caso del Perú eso es muy claro. Se debe a una estructura cultural que ha perdurado por siglos y que parte de un sistema colonial donde había dos repúblicas: la de los indígenas y la de los blancos, con tributaciones diferentes y regímenes económicos distintos. La independencia de América del Sur de la corona española no cambió tal situación.

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En el ámbito pictórico no hay más que observar uno de los cuadros recientemente expuestos de Luis A. Martínez para confirmar lo que dice Gamboa. El ilustre pintor ambateño dejó de lado los motivos religiosos predominantes en su época, para dedicarse a pintar paisajes, deslumbrado por la luminosidad del Ecuador. No fue un indigenista y menos un propulsor de la causa indígena, pero en uno de sus cuadros se ilustra la profunda desigualdad étnica que existió en su época. Se observa a un indígena llevando a un turista/científico/¿pintor? de origen europeo a sus espaldas. Mientras este último observa los paisajes, el primero pone atención hacia las altas cumbres que todavía le quedan por escalar. No es, pues, extraño que los mestizos pretendan identificarse más con el cargado que con el cargador, a quien pretenden desconocer como ancestro.

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Desde un campus universitario de Estados Unidos, Jeremías Gamboa se atreve, pues, a lanzar un diagnóstico lapidario sobre los países andinos: la anorexia racial. “América Latina quiere ser Europa y no logra verse a sí misma” dice el escritor. En el caso del Ecuador, donde una gran parte de la población rehúsa reconocer su vertiente indígena, esta anorexia racial nos ha generado una polarización talvez insalvable. (O)