Días atrás, Anunzziatta Valdez Larrea presentó su libro La audacia de los sueños. No pude asistir a su presentación, recibí el libro y le ofrecí a la autora comentarlo antes del Día de la Mujer, el próximo domingo 8 de marzo, sabiendo que en los temas del libro están las reivindicaciones de los derechos de familia, de las mujeres, de los menores de edad y de la juventud, en lo sustantivo y en lo procedimental, que se incorporaron al ordenamiento jurídico ecuatoriano, porque hubo mujeres –Anunzziatta entre estas– que asumieron su lucha en todos los escenarios, con la solidaridad de Jaime Roldós y Martha Bucaram y de ministros, legisladores, juristas y políticos, parte de aquellos mencionados en la obra, que hicieron suyas tales causas.
Los textos de la autora, con los testimonios agregados, traen vivencias y actuaciones desde los años 50 del siglo XX, que transparentan, no solo hechos de la vida pública del Ecuador y del mundo, sino aun en el ámbito del hogar y las realidades de familia, una lección ética de honestidad, que nada encubre, frente a la práctica generalizada de publicar o publicitar lo que se supone debe aplacar la demanda de saber la verdad, antes que informar lo que es la realidad, sobre todo en lo público. Quien a pretexto de informar fabrica o manda a fabricar versiones, aun cuando bien sepa que no son ciertas, o que solo son medias verdades, hasta “se olvida” de aquello y argumenta lo fraguado como si fueran realidades, a más del abuso de calificar de “secreto” o “reserva” a lo que no tiene por qué serlo y se lo quiere encubrir, cuando esa calificación solo por excepción debe darse y siempre para vigencia temporal.
Se cuestiona que aún haya religiones que someten a las mujeres para que sea inferior en oportunidades y en la relación de hogar, y la autora no omite que en el cristianismo de los primeros siglos y aun en tiempos más cercanos también hubo quienes lo han hecho, entre otras circunstancias, por la lectura sesgada del “pecado original” de Eva de comer el fruto prohibido y hacérselo comer a Adán, cuando viendo el hecho en positivo, ese hecho tuvo el efecto maravilloso del raciocinio para distinguir el bien del mal y de que los descendientes puedan forjar el mundo para habitarlo.
La autora reivindica lo sublime del amor. Seguramente muchos de los lectores, ante un riesgo de lesión, gravedad o muerte, de persona a quien ama, le habrá suplicado a Dios que le permita ocupar el espacio de quien está sufriendo ese riesgo o compartir ese dolor, pero también deberá pensar que hay otros seres amados que quizás necesiten su apoyo.
Y confesando ser católica –yo también lo soy– reivindica la fe y la oración. Estoy convencido de que de las mujeres hay mucho que esperar. En el Ecuador se multiplican los ejemplos, en todas las profesiones y actividades. Lo importante es que no sean utilizadas, solo para decir que se respetan sus derechos. Los casos de asambleístas en que se rellenan las listas con familiares o con personas al servicio de quienes las utilizan, por ejemplo, son cuestionables.
Queridos lectores, los invito a leer el libro y hacer suya la audacia de Anunzziatta, sustentada en transparencia, verdad y valentía. (O)










