La crítica literaria como sentencia, como exaltación, como recuento; la crítica como venganza, favor devuelto, manifestación melancólica frente a un mundo insoportable de mediocridades; la crítica como el deseo desesperado del autor novato que la espera para su primer libro (o el segundo o el tercero y nada, ni una línea sobre ellos); la crítica que los autores consagrados ni siquiera leen, como si ellos fueran los destinatarios; la crítica como la llave de una puerta secreta a la que acceden pocos privilegiados; la crítica como la caja de resonancia para citar a los teóricos de turno o a los que ya no lo son pero todavía valen como contraseña de una secta que no existe y ni siquiera importa; la crítica como el parloteo a veces inconsistente pero siempre necesario para subrayar, aunque sea por un instante, un libro o un autor en medio de una tsunami de papel; la crítica, fantasma ausente frente a la saturación de portadas de novedades editoriales difundidas por la plataforma de turno de internet, donde son intercambiables una obra maestra escurridiza y el bestseller procaz, ambos con un diseño de carátula impecable porque más vende una portada que el mayor elogio; la crítica, o la que pretende pasar por crítica, y no es más que la caja de resonancia preocupada en subirse lo más rápido posible al tren militante y condescendiente con la tendencia de moda según la cual todas las obras escritas bajo esa tendencia son buenas, buenísimas, inmejorables, o que fueron injustamente olvidadas y marginadas, y ahora, al fin, salen a la luz. La crítica, en fin, como vanidad, humillación o resarcimiento. Pero es mucho más que eso.

Emmanuel Levinas, en La realidad y la sombra, decía que la crítica es la que tiene algo que decir cuando todo ha sido dicho. Este me parece el mayor reconocimiento para su verdadero valor: completar con el pensamiento el recorrido de alguna de las vías posibles de la obra literaria abriéndose camino en el escenario mental de los lectores. Así, la crítica siempre es virtual, o, mejor dicho, conjetural. Cada lector la corrobora o la descarta. Cuando la puede ratificar y coincide con ella se completa el trayecto de la lectura. La obra se ha realizado plenamente. ¿Y qué ocurre cuando no se realiza? De esto habla un cuento de Henry James que no solo no ha envejecido con el tiempo sino que se ha ratificado. Es “La figura en la alfombra”, publicado en 1896. Estamos a fines del siglo XIX, el gran siglo de la novela y la explosión editorial del género. Tan desbordante fue esta situación que los mismos novelistas incorporaron en sus creaciones, a manera de trampantojo, el problema de las editoriales, el periodismo crítico y la vida literaria. Sesenta años atrás, Balzac lo abordó en Las ilusiones perdidas. En 2021 se hizo de esta novela una adaptación cinematográfica, dirigida por Xavier Giannoli, que obtuvo siete premios César. Balzac retrata a un joven poeta de provincias que llega a París y busca la manera de editar su libro de poemas, lo que lo lleva a conocer a los libreros-editores de la época, a periodistas corruptos y a los románticos escritores del Cenáculo de D’Arthez. Esta novela debería leerse en el primer año de la carrera de literatura. Balzac está interesado en abarcar con brazos de gigante un mundo pujante en medio de pasiones amorosas y el retrato de un tiempo y un ritmo novelístico poco dado a una interioridad. Fue necesario esperar a Henry James que cala en sus cuentos literarios, como “Los papeles de Aspern”, “La edad madura” y “La lección del maestro”, en aristas puntuales sobre escritores y críticos. Unos años antes de su cuento, como si se hubiera estado acercando gradualmente, James publicó un artículo titulado “La ciencia de la crítica” en 1891. El título quizá le sonó pretensioso, aunque refleja la ansiedad frente a las disciplinas duras de las ciencias naturales, así que en una reedición simplemente lo dejó en “La crítica”. La preocupación de James no es por la falta de reseñas en medios de prensa, más bien por la abundancia que provoca un “diluvio de doctrina suspendida en el vacío”, para la que marca una diferencia entre el periodismo y lo que él llama el arte de la crítica. En “La figura en la alfombra”, un joven crítico que no tiene ninguna pretensión de convertirse en autor de novelas, se emociona ante el encargo inesperado de reseñar la última obra de un prestigioso novelista al que admira, Vereker, y sobre el que ya había escrito otras reseñas, pero nunca en el importante periódico que se lo ha pedido. James se encarga de observar que el ejemplar que llega a manos del crítico fue debidamente enviado por la editorial, justamente para buscar esas reseñas. La crítica sale publicada y, para alegría del crítico, aparece justo en los días en los que irá a una reunión donde estará el novelista. Allí ocurre un malentendido. Le preguntan a viva voz a Vereker qué opina de esa reseña elogiosa, sin saber que el crítico está junto a ellos, y él responde que es una tontería más sobre sus libros. Poco después el autor se entera de la presencia del joven crítico y conversa con él tratando de atenuar su sentencia, lo felicita por su talento pero le confiesa que nadie ha revelado un detalle en especial. El joven crítico se desespera, le pide una pista y Vereker termina por decirle que está en lo más evidente de su escritura: “Quizás algún día el orden, la forma, la textura de mis libros constituirán para los iniciados una representación completa de ese detalle”. Lo que viene a continuación es la deriva del crítico empeñado en encontrar sin tregua el secreto de Vereker durante los próximos años. Pido paciencia para contarles su verdadero descubrimiento y el alcance de su búsqueda en mi próxima columna de aquí a quince días. (O)